Ambición desmedida e insaciable
Los debates filosóficos que se celebran en los suburbios en los que malvive la ambición desmedida suelen tener condicionantes que, en muchas ocasiones, perjudican a terceros. Ya que los seres humanos que son enfermizamente ambiciosos suelen impregnarse de sofisticados linimentos, con la intención de disimular sus enmarañados afanes, y de ese modo, en algunas ocasiones, incluso han podido pasar desapercibidos o aparentar todo lo contrario a lo que en realidad son.
La ambición en la política española ha estado muy latente en los tiempos del gobierno de Sánchez, y de ahí que muchos de sus cercanos colaboradores –incluso ministros– no se hayan dignado a significar sus ambiguos intereses, ni tan siquiera cuando hemos descubierto algunos de sus más primitivos «instintos ambiciosos» que les han llevado hasta los tribunales de justicia.
En la literatura clásica española se ha contemplado el rasgo de la ambición desmedida, pues en la obra cervantina titulada ‘El Coloquio de los perros’, ya nos dice Berganza que es legítimo tener aspiraciones en la vida, siempre que la ambición no implique daños a terceros, que es algo que rara vez se logra. Cipión lo confirma, asegurando que los deseos de poder y riqueza casi siempre terminan pisoteando a los demás.
En la política actual española ha ido sucediendo algo parecido, porque la «ambición-codiciosa» de los gobernantes pone incluso en peligro a la propia democracia, ya que en las ansias por mandar más y por controlar todos los estamentos y todos los poderes del Estado, se ha ido perdiendo el suelo de vista. Porque, algunos gobernantes incluso han pretendido y siguen pretendiendo deslegitimar el poder judicial, porque el poder legislativo ya lo habían deslegitimado, desde que el Gobierno de Sánchez abusa tanto y tanto de los decretos que han anulado y han violentado, reiteradamente, al poder legislativo.
En la Vida del Lazarillo de Tormes hay también universos llenos de adversidades. A Lázaro se le ofrece una vida llena de privaciones, en el afán de los amos por obtener riquezas para atesorarlas y disfrutarlas en solitario. Y en ese capítulo lleno de ambiciones se destapa de nuevo el nauseabundo comportamiento de los seres humanos que parecen una cosa y en realidad son otra diferente.
La política corrupta tiene esas conductas insertadas en sus básicos principios, porque es una actividad o un ejercicio que sitúa a unos ciudadanos por encima de los demás. Y, en ocasiones, los que están por encima pretenden situarse aún más encima, porque no se conforman con lo que legítimamente habían conseguido. Recordemos a Ábalos, al Fiscal General del Estado o a Cerdán... Todos ellos «murieron» de ambición. Porque la ambición y la avaricia suelen ser insaciables.