Ramonín, el rey del talanda

Ramón y José Ramos, con sus dos últimos vinos, frente a una panorámica de su pueblo, Venialbo.
Un servidor lleva muchos ciclos vegetativos y, en mi agenda está la cartera de enólogos y viticultores desde mediados de los 80 hasta hoy. La barba blanca tiene sus privilegios y uno es el que puedas desnudarte sin tapujos. Me cae bien Ramonín. Y no solamente porque haga buen vino, que lo hace, sino porque es uno de esos tipos que llevan su tierra, su apellido, su pueblo y su denominación de origen en las venas. Un enólogo y bodeguero que ha hecho cosas que todavía hoy me siguen fascinando. Fue el primero que llevo el cubo de Rubik a un tinto roble en formato bag in box. También el que jugó a los dados con un envase de más litros, siempre pensando en un consumidor que seguía fiel a la vieja cántara ya desaparecida. Pero Ramón no deja de crear, imaginar y sorprender a su clientela, que hoy recibe casi treinta referencias diferentes de vino. Y es que todo le ha venido bien para los titulares de sus etiquetas. Los números, las bolas de billar, las cajas de cartón, las condesas y las series naranja cuando se puso de moda este color en la publicidad del vino de los años 2000. Sin olvidar su vino espumoso, al que se mantiene fiel, el de segunda fermentación en botella, el cava o el champán que popularmente conoce el consumidor. La mayor genialidad, por supuesto siempre la económica, es que del millón de litros que puede llegar a comercializar, la mitad sale al mercado con la contraetiqueta de la DO Toro, con sus marcas Montetoro, Condesa de Ramos, Tardencuba y Ramón Ramos. El resto lo comercializa en otros envases porque, según Ramón –que acaba de cumplir 50 años-, queda mucha clientela que sabe que es el mismo vino del año el que va en bag in box que el de las botellas de cristal. Y no le falta razón al bueno de Ramonín, aquel que nos sorprendió a todos durante el Covid facilitando a su pueblo, a su clientela y a su familia las cotizadas mascarillas que algunos eran incapaces de conseguir gracias a la buena relación que estableció por exportar vinos a China. La pena es que ya no le compran los chinos. Ahora le compran en Canadá, en México, en el Caribe, en Centroeuropa y en EEUU, de cuyo mercado dice que no va a caer. Del medio millón de botellas que comercializa con DO, el 65% se exporta. Los vinos de los Ramos tienen el precio justo y son una referencia en Toro. Sin duda, Ramonín es el rey del Talanda, el río que atraviesa Venialbo.
Va camino de las setenta y cinco vendimias. Aunque si somos justos, y teniendo en cuenta que antes de Ezequiel, su abuelo, ya tenían viñas y elaboraban vinos los Ramos en Venialbo, podríamos ir tranquilamente a cien. A más de un siglo de existencia. Por lo tanto, eso que tanto se utiliza en la imagen digital y “marquetiniana”, aquí cobra carta de naturaleza. Ramonín Ramos, el enólogo de la sonrisa perpetua, y su hermano José son los miembros actuales de esta saga de viticultores y elaboradores de vino zamorana. Fue Ramón Ramos padre, con el que mantuve una relación de admiración y afecto, quien abrió la puerta a la revolución de la vitivinicultura. La nueva bodega de elaboración en la calle Pozo, en lo alto del casco urbano de Venialbo, inauguró la etapa de los Ramos dentro de la DO Toro, a cuyo Consejo pertenecen desde el origen. Pero serían el joven enólogo Ramonín y su hermano José los que darían el salto al otro lado del arroyo del Talanda. Ramón dice que el topónimo fue decisivo, pues el pago desde donde se alza la nueva bodega, construida en este siglo, se llama La Centinela. Desde allí casi se pueden intuir las viñas, diseminadas por el término municipal y sus alrededores. En torno a unas 100 hectáreas. Menos de la mitad son suyas, de la familia, y el resto, de viticultores de la zona que le ceden el cultivo y el cuidado de sus viñas viejas. El cimiento de la materia prima con la que sigue elaborando sus vinos.