TIENE TELA
El quebrantavías
VA DE BUITRES. En términos políticos, y como una catástrofe, la palabra más socorrida durante la semana pasada –y con la que hoy lunes desayunamos–, se llama negligencia, aplicada a un hecho tan salvaje, y de tan alto potencial político, como la tragedia de Adamuz. Llámenlo como quieran, pero en español hay más de 50 sinónimos para definir en toda su extensión la palabra latina negligentia, que significa mirar con indiferencia o por encima del hombro. Cada una de esas palabras es peor que la anterior como exigencia de una lengua viva que no se cansa de pelear, de inventar, de ahondar en la riqueza significativa de las cosas y del pensamiento. De todos esos vocablos, el de negligencia es el más aseadito, liviano, y… ¡democrático!
Entiendo que así sea, pues por un matiz vas a la horca. ¿Qué no le han llamado al tirano Sánchez por su cruel desvergüenza en Adamuz? ¡Pobres madres, y las parejas de las cabras o cabrones! Si al tirano le llamó gandul, perdulario, haragán o vainazas –sinónimos de negligente–, parece un insulto rayano con el odio y el facherío. Pero si le llamo negligente, el concepto se evapora. Entramos en el paraíso del descuido, del tibio, del apático, del riesgo cero que no tiene fondo sino fonda a precios asequibles. ¿No se lo creen? Pues lo señaló el Ministro de Transportes en el Senado el 29 de enero: viajar con Renfe es lo más seguro del «sistema ferroviario… ¿Existe el riesgo cero? Yo creo que no». Pero no me hagan caso: suban, y disfruten del chute de adrenalina con iva.
Dicho en conclusión buitrera o a palo seco: los 46 muertos de Adamuz son para Sánchez, y el Ministro de Transportes, una fruslería del destino, el cálculo infinitesimal de una mala soldadura en las vías, y el apresuramiento de un tren que, en 20 segundos, se empotró en otro sin pedir permiso a nadie y sin consultar con Renfe. ¿Tampoco se lo creen? Pues escuchen de nuevo al Ministro: todo esto «tiene un componente de muy, muy, muy, muy, muy mala suerte. Es decir, desde el punto de vista probabilístico esto era muy improbable que sucediera». ¿Y cómo ha sucedido? ¡Ah! Pura casualidad, que nada tiene que ver con Renfe ni con el Gobierno más progresista de la historia. Así que hay que descartar, jurídica y penalmente, la acepción de negligencia criminal por ser un bulo.
Difícil justificación la suya –la del tirano, la del ministro, la de todo el Gobierno, y de toda la purriela corrupta y frankensteiniana que lo sustenta–, pues están pillados hasta la haraganería más desidiosa, hasta la incapacidad más absoluta de hilvanar una reflexión humanista, de tener hacia las víctimas un detalle, un gesto, una bondad, una llamada, una cercanía, una lagrimilla con disimulo, un funeral con esperanza, un atisbo de perdón, una debilidad del alma que mitigara tanto dolor. Han aparecido en el funeral religioso de Huelva encarados, soberbios, pendientes del protocolo y del protosuculo, distantes, y retantes hasta vomitar en las alfombras que pisaban. Querían dejar bien claro una cuestión de salvajismo buitrero: que las víctimas hicieran cola en el limbo de las improbabilidades.
Todos ellos, que yo sepa, se han refugiado en el cebadero de los buitres. O sea, en el mismo frente de impunidad cerril y medieval de aquel conde Lozano que, en Las mocedades del Cid, aun sabiendo que era falsa la calumnia, se escudó en ella hasta la infamia del «mantenella y no enmendalla». Pues ya ven, en esta misma dialéctica precisa, propia del despendole de La venganza de don Mendo –pero con 46 muertos en las vías del tren, lo que nos remite a la tragedia de Macbeth sin matices hasta «mañana, mañana, mañana»–, se encuentra atrincherado el tirano. ¿Tampoco se lo creen? Pues miren qué chulería sanchunera nos soltó el tirano –viernes 30– en un foro de mujeres que mandan en la ONU: «se llegará hasta el final», y además con las «mejoras necesarias». O sea, como con las víctimas de Angrois o la dana de Valencia.
¿Cómo se las va a maravillear, o de qué manera laminará una por una todas las pruebas que le incriminan hasta ahora por su negligencia manifiesta y criminal en Adamuz? Pues con el método infalible e imperativo del buitre ibérico que, como buen hispano, ya celebraba Marcial –un protegido de Séneca– en uno de sus Epigramas más descarnados y crueles: «¿De qué buitre será este cadáver? ¿A quién irán a parar los bienes de este difunto?». Pues dónde van a ir: a la buitrería del sanchismo que, en la evolución de la especie, ha dado en estos días precisos un salto de premio Nobel al ir directamente del quebrantahuesos al quebrantavías. Toda una golfería de jugos gástricos y sulfurosos tan potentes y disolventes, que todo –los raíles, los tornillos, las traviesas, el balasto, las agujas, los coches del tren, y los cadáveres con las estaciones– lo reduce a caldo natural de Knorr o de Gallina Blanca.
¿Proceso dificilísimo? En absoluto. Respondiendo a esta pregunta puntual como posible causa de dimensión, el Ministro de Transportes, con una panza de buitre en franca fermentación bacteriana, se sinceró con esta ocurrencia de quien frecuenta los cerros de Úbeda con gran soltura: «Es como si oyera llover». Pues si esto dice el sargento, imagínense qué dirá el tirano de puertas adentro o de afuera. Pues que del rey arriba y abajo –Tribunal Constitucional, Fiscalía general, Congreso, y Jefatura del Estado– baten todos el hierro candante que, estomacalmente, él está a punto de digerir. Buitrería de atrapa un millón y échate a correr.
Sin echarme a correr, no pierdo más el tiempo entre el qué y el cómo o en eso que llaman el «quid pro quo». Sin titubear me mantengo en mis trece: delenda est tyrannia.