Diario de Castilla y León

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LA CAPTURA de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, y de su mujer, Cilia Flores, por parte de la Administración norteamericana, ha conmocionado al mundo. En una operación militar quirúrgica de extraordinaria complejidad, un equipo de los Delta Force estadounidenses consiguió en tiempo récord sacar a Maduro de su palacio y llegarlo ante la justicia. Han sido icónicas, por gráficas, las imágenes de Maduro detenido y esposado que han corrido como la pólvora. El derecho internacional ha sido dinamitado, sin perjuicio de que el cumplimiento de la legalidad interna haya brillado por su ausencia desde hace años. Prueba de ello ha sido que el resultado de las pasadas elecciones venezolanas -en las que prescindieron de observadores imparciales- no fue asumido por gran parte de los países occidentales.

Las consecuencias de sacar a Maduro del tablero internacional no han dejado de sucederse. Por una parte, la actuación de Trump ha consagrado un nuevo orden global donde se perfilan tres claras áreas de influencia. La primera, capitaneada por Estados Unidos, se centra en el continente americano y en zonas territoriales cercanas, Groenlandia incluida. La segunda área de influencia está liderada por China que quiere dominar Asia y el Pacífico. La tercera zona de influencia está configurada por Rusia. La guerra con Ucrania mantiene en vilo a toda Europa. Por otra parte, los países Latinoamericanos cercanos a Venezuela (Colombia, Cuba o México) cuyos dirigentes colaboran activamente con el chavismo además de que sintonizan con su ideología y praxis política, se han visto obligados a replantear sus relaciones con Estados Unidos. Cuba es el país que más sentirá el cambio. El suministro de petróleo proveniente de Venezuela, y ahora cortocircuitado, ya no va a llegar regularmente a su población. En tercer lugar, la acción militar de Estados Unidos ha debilitado el multilateralismo. Se está volviendo a las relaciones bilaterales entre Estados soberanos. Así pues, las organizaciones internacionales, como la Unión Europea, que tienen que ponerse de acuerdo entre sus países miembros para fijar cualquier estrategia común exterior, salen perjudicadas. En todo este entramado internacional España puede tener un papel importante si juega sus cartas con inteligencia y deja de lado las cuitas internas. La diplomacia española ha de actuar con sagacidad y ha de eliminar los obstáculos que impidan tener una posición propia, flexible y audaz. Las reglas de las relaciones internacionales han dado un giro radical con efectos desestabilizadores e inciertos.

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