AL SERENO
Arde Roma
Ver el monte en llamas es siempre una tragedia y, si se acrecienta porque afecta a las propiedades de los vecinos, al patrimonio natural y artístico, es ya un drama criminal. Las imágenes de Las Médulas ardiendo por los cuatro costados han sido tan pavorosas como triste la estampa tras el fuego, de laderas arrasadas, árboles calcinados y tierra negra. Estoy convencido de que los residentes en la comarca lo veían venir, como tantos otros en Castilla y León y el resto de España que cruzan los dedos para que no caiga un solo rayo y, si lo hace, que sea en la crisma de algún pirómano hijo de su madre. Llama la atención que los ecologistas de salón y sus esbirros en las instituciones públicas empiezan a hablar de incendios de quinta y sexta generación, como si fueran cazas de combate. Más palabrería para ocultar el hecho de que los montes están cargados de combustible forestal presto a arder con la primera chispa. Se trata de complicar el problema para que la solución sea solo su proverbial capacidad de generar más normativa y regulaciones sin contar con quien realmente sabe de qué va este problema. En mi pueblo, el primero que pase les podría dar muchos remedios, empezando por mandarlos al monte a patearlo en condiciones. Cuánta cuadrilla hace falta desbrozando y haciendo limpias en condiciones, y qué poco reglamento sancionador se necesita. Si algo tendría que arder en este país son los miles de folios de normas inútiles que los políticos paren cada año. Más valdría reformar las leyes para endurecer el castigo para quienes están expoliando el medio rural con robos sin final en las explotaciones agrícolas y ganaderas, para quien quema el monte, para quienes estafan a los ancianos o les roban sus joyas. Arde Roma en Las Médulas, pero los gladiadores siguen en pie y peleando mientras los tribunos y patricios se remangan las togas para no pisárselas cuando caminan por los largos corredores de mármol de los supuestos palacios del pueblo, esos que están poblados de BMWs que van y vienen sin que se sepa ni a dónde ni con quién. Poca broma entre los togados, entre la casta privilegiada que pisa moqueta, con el fuego cuando los paisanos se juegan sus pueblos, su medio de vida y hasta su integridad física. El fuego, como la sequía, la vivienda, la inseguridad ciudadana o el empleo sí son cuestiones de país sobre las que establecer estrategias blindadas a prueba de políticos ineficaces o malintencionados, que de todo hay. Olvídense de fronteras internas y externas, de curriculums de pega que nadie se creía de todas maneras, de rencillas de salón y demás pijadas y escuchen a los viejos del pueblo, que les enseñarán muchas cosas. La primera de todas qué hacer para que no se nos quemen los montes.