Diario de Castilla y León

Antonio Piedra

Confundir la actividad política con un emoticono

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Preocupante. Lo ocurrido el jueves en las Cortes de Castilla y León es más que una pataleta. Gran error confundir la actividad política con un emoticono. Un emoticono –tan usado en WhatsApp para sustituir las palabras como realidad lingüística y comunicativa– no es más que una deficiencia verbal, un gesto vacío que acumula demasiada ambigüedad, notables inconcreciones, y muchísima visceralidad. Para cada cosa o manifestación –dar los buenos días o mandar a alguien a la mierda– ya tenemos un emoticono. Quiere decir que empiezan a sobrarnos las palabras.

Que esto suceda en un parlamento –que significa parlar con los codos y con la inteligencia–, como en las Cortes de Castilla y León, es algo muy grave, pues pone de manifiesto tres incoherencias: que en la sede de la res púbica, la palabra ya no es decisiva ni fundante; que en la confrontación de ideas, mediante la palabra, la política deja de ser democrática; y que la sustitución de la palabra por un emoticono equivale a un cerrojazo de la discusión, del hemiciclo, y de la política.

Los hechos acaecidos son bien elocuentes. El señor Gallardo, de Vox, hizo un gesto, y la bancada socialista, que está obsesionada con los progresos del sanchismo en materia de sexualidad, entendió que se refería a una «felación». El Vicepresidente replicó con palabras que nada de eso: que él se refería a un gesto de lloriqueo, y repitió la figurería. Pero ya no fueron posibles las palabras, el entendimiento, la dialéctica, la confrontación, o la aceptación de un posible equívoco. La conclusión es más que preocupante: se impuso la emoticonería como visceralidad política, como trituradora del oponente, como sacamantecas del miedo. Se licenció a la palabra sin ninguna clase de amnistía.

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