Diario de Castilla y León

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IMPRESIONADO. Soy TAN TAN adicto a los programas del corazón, que peco. Me tragué las imágenes del día 24 en las que aparecían Yolanda Díaz y Pedro Sánchez dándose el sí y firmando por lotes –230 hijuelas– las capitulaciones previas a la boda. Qué subidón. Fue TAN TAN ta la adrenalina, que me redujo a polvo, a nada. O sea, como al pobre cuquillo cuando ve por vez primera el nido. No sabemos si los esponsales se llevarán a efecto porque la política es muy puñetera. Pero como decía Quevedo, no importa: «su cuerpo dejarán, no su cuidado,/ serán ceniza, mas tendrá sentido,/ polvo serán, mas polvo enamorado». Demasiado.

Y es que estas imágenes van a Roma, se miren desde donde se quiera. Ella, como buena comunista, de arriba abajo con un rojo vivo del Banco Santander cantando el anuncio para captar clientes en proceso de beatificación: «San TAN TAN der», y con una San TAN TAN der iva, que pasas por la Ven TAN TAN illa y te clavan la comisión sin darte cuenta en la mismísima co co RO RO nilla. ¿Y él? Ay, él impoluto: traje azul Prusia, camisa azul celeste –que los químicos llaman del desmayo–, y una corbata roja Cor intensa y nevadilla –con motitas blancas delicadísimas– que se te olvida el cepillo del cura y el del sacristán. Impresionante.

Lo cierto es que con este atrezo de la gallina y el del gallo san TAN TAN der uchos, donde los dos cantan y ninguno de ellos se calla, sólo cabe hacerse una pregunta de rigor: si estas han sido las amonestaciones, ¿cómo será la boda? Ah, eso lo veremos tras los días de Halloween, claro está. En mi interior, que como he dicho no tiene remedio con los zarpazos del corazón, no deja de martillearme el romanticismo más simplón de aquella canción tan popular y cursi de Antonio Prieto, que da título a esta columna: «Blanca y radiante va la novia,/ le sigue atrás un novio amante,/ y que al unir sus corazones,/ harán morir mis ilusiones». ¿Pero qué es esto?

Pues que la boda seguirá fielmente el guión pegadizo de la canción de antaño, y por supuesto el del anuncio publicitario del San TAN TAN der fiasco que todo el mundo escucha, pero que nadie entiende. Ya en aquellos tiempos de la dictadura franquista, a la balada se le aplicó la censura. No me extraña, pues su moralidad quedaba en entredicho. Vean. La novia ya en el altar, y a los acordes del Ave María, hace examen de conciencia y ve el planchazo con cornamenta que está a punto de cometer. Se echa a llorar como una Madalena, pero sigue adelante con los faroles: «Mentirá también al decir que sí,/y al besar la cruz pedirá perdón,/ y yo sé que olvidar nunca podría,/ que era yo y no aquél a quien quería». ¡Toma san TAN TAN der ía!

Pues igual le pasará a Yolanda Díaz, y a todas las novias de esta boda TAN TAN frankensteiniana que está apunto de consumarse ante el altar de la Constitución. Con los acordes de la marcha nupcial de Wagner, todas, todos y todes irán blanqueantes y radiantes. El doctor Sánchez, previamente, les habrá dado, a todas y a cada una, un sí cum laude. Ningún problema: él es un polígamo converso muy complaciente, y cuanto pidan se lo concederá porque, ay, él como don Juan Tenorio, siempre dispara a las víctimas con pólvora del rey. Todas, como en la canción, meterán su conciencia en un consolador TAN TAN der pilla y corre, que a Juan José Omella –como posible mediador de esta ceremonia TAN TAN poco edificante que deja a las Españas al borde de las lágrimas y del colapso–, no le quedará más remedio que darles su bendición apostólica con anillo, báculo y mitra, mientras se escucha la misma canción de fondo que en la balada de la falsa boda: «Ave María, Ave María, Ave María, Ave María».

Digo blanqueantes y radiantes, pues de esto, y de nada más, va esta boda, señores míos. Así que anímense y no caigan en el romanticismo como este servidor que suscribe. Mi vecina Carmina ya me ha «dao pal pelo» en este asunto concreto: hijo, pareces un casado arrepentido que pones esperanzas allí donde sólo hay aflicción en el corazón y en el bolsillo de la pobre gente. O sea, que estoy perdiendo su estima en cada jirón de estas columnas. ¿Y qué puedo decir a los votantes para recuperarla? Pues realmente poca cosa. Primero, que ojito con esta aventura de blanqueadores y radiantes que es muy romanticona y atractiva, pero muy letal.

Y segundo: ni una sola concesión a esta nueva aventura que nos dejará en bolas e irreconocibles en la historia. Frankenstein no es más que un colapso, una pandilla de antiespañoles con grandes rodillos de alambradas, que tan pronto se casan como enviudan a conveniencia. Son unos salteadores del tiempo y del dinero, paisajistas de artificio, funcionarios de la mentira, unas calaveras barrocas que, con sus propios despojos y osarios, erigen mausoleos de corrupción, historias al revés, paraísos inexistentes, eternidades de cascarón a la medida de unos dioses de inteligencia artificial que, como mucho, sólo entienden y se enzarzan con filosofías de pura emoticonería.

¿Que usted no se lo cree? Pues no se lo crea, y siga votando al potente blanqueador Sánchez y Cía que todo lo dejan en blanquísimas sancherías. Pero los hechos cantan y están ahí tanto en baladas de boda como en las San TAN TAN der cuentas. Son tan evidentes que asustan un montón: los agresores y los asesinos de Hamas son sus héroes, y el espejo donde se miran; los golpistas y los filoetarras catalanes y vascos son sus socios para gobernar; las víctimas son los auténticos verdugos; y nada tan justo aquí como que los delincuentes legislen. A este blanqueando que es gerundio, hasta Feijoo, que rima con Puigdemont, se apunta: siente un gran «respeto» por el golpista y prófugo porque es tan claro… ¡Ave María!

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