Diario de Castilla y León

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Andaba yo en mis cosas cuando me tropecé con la siguiente frase: “Cuando lleguemos a ese río, cruzaremos ese puente”. Sobre su autoría pensé, a botepronto, que algún explorador, amigo de la improvisada aventura, que siempre gana en satisfacción si se va construyendo sobre la marcha, la habría pronunciado. Pero no. Me encontré con Tudanca y sus derechos de autor, siempre tan jugosos. Era su respuesta sobre su opinión en relación con la amnistía a los criminales supremacistas catalanes. Cualquier día nos convoca El Corte Inglés a la firma de su libro ‘Manual de la simplicidad’. Las dedicatorias serían, con el tiempo, objeto codiciado por los coleccionistas.

Mientras espero a un buen amigo, de esos que son ejemplo de lealtad y coherencia, que me ha convocado para celebrar con un buen Ribera su jubilación, no dejó de darle vueltas a la frasecita. Llegar al río… cruzar el puente… Quizá nos esté hablando el delegado comercial de Sánchez en alguna clave espiritual, cercana a esos ñoños libritos de Paulo Coelho. De otra manera, no sería sino la confirmación (¿era necesaria?, me pregunto) de su caudal cero a la luz de los criterios del informe PISA.

Desde otra óptica, se trata de una frase netamente procrastinante. Los súbditos, sobre todo los que no se sienten especialmente bendecidos en sus dotaciones cognitivas, necesitan el previo certificado de las declaraciones de su gran líder para mostrar sus propias y originales convicciones, curiosamente sorprendentes con la más alta dirección orgánica. Algo generalizado en la política, por otra parte.

Qué miedito a pronunciarse. Pavor a decir una palabra más alta que otra. Es cierto que el caso de Tudanca no es ese el que, para evitar la purga, el político se ve obligado a callar sus propias ideas, reflexivas, sensatas y lógicas. Para él, salirse por la tangente no es sólo el mejor modo de no meter la pata ante su central de ventas, sino, todavía con mayor relevancia, no mostrar una absoluta carencia de criterios y convicciones.

Ya ha llegado Antonio. Y se pide su clásica 0.0, tostada. Amplia y espontánea su sonrisa, cuesta imaginarlo tantos años alrededor de la escena el crimen. Para jugarse el pellejo si era necesario. Para poner en funcionamiento su perspicaz y brillante intuición profesional. Para descubrir el delito donde parecía habitar una causa natural. Una persona cabal. La amistad, nacida una crispada y lejana tarde, con un balón de por medio, creció sobre la marcha. Y como todo lo auténtico, no se jubila.

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