Diario de Castilla y León

JAVIER PÉREZ ANDRÉS

La abadesa está preñada

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TRAIGO A colación una bonita historia que sucedió allá por no sé qué siglo en el monasterio de San Salvador de Oña, donde hubo monjas y frailes, hora ni lo uno ni lo otro, solo el recuerdo del paso de los jesuitas pasea por el estanque de las truchas y en la memoria de miles de chicos que pasaron por el extinto colegio. Sigo el hilo. Nunca se había creado en el convento una situación tan embarazosa. La madre abadesa preñada. El obispo de turno, a quien le llegaron los rumores que acabaron en denuncias, vaya a usted a saber quién fue la acusique, estaba a punto de llegar para comprobar personalmente el supuesto estado de buena esperanza de la madre abadesa. En esto, que cuando ya todo parecía irremediable y la religiosa se sometería al juicio, veredicto y castigo del mitrado, ocurrió el milagro. ¿A que no se imaginan quién salvó a la monja preñada de la hoguera, del destierro, del castigo, de la vergüenza torera? Pues la mismísima Virgen María. Sigo estirando el hilo. Llegó el momento. En un carromato harto de barro, cual estampa descrita por Umberto Eco llega el obispo a Oña. Entra en el convento y manda llamar a la abadesa, embarazadísima ella en todos los sentidos. Ya la tiene delante. Manda que se desvista. Que se despoje del hábito y de la ropa y que se descubra tripa y pecho. El obispo quiere cerciorarse de la existencia o no de una barriga en la joven abadesa. Cuál fue su sorpresa, que ante él aparece la sinuosa silueta femenina y sin ningún rasgo de estado de buena esperanza. Quedando muy a gusto al dar por bulo la denuncia infundada. Todos y todas se preguntaron qué había pasado. Pues que la Virgen María en su inmensa bondad sin pecado concebida decidió salvar de la quema a la monjita. Y, horas antes del juicio sumarísimo del obispo, borró todo rastro de embarazo y se llevó al niño a un pueblo del entorno. Y Santas Pascuas. Cuentan que el susodicho llegó a obispo. Y no lo cuento yo, solo lo escribo, se lo leí a Berceo en sus Milagros de Nuestra señora y lo escuché con mis oídos la otra noche en Castrojeriz. Y además en esa bendita lengua galaico-portuguesa, que es pura canción de Amancio Prada y Eduardo Paniagua, lujos de música medieval. La protagonista, una peregrina francesa de Puy en Velay, que se llama Marie-Virginie Cambriels. Qué linda su voz al cantar y al expresarse en ese francés españoleado. Marie es musicóloga y especialista en música medieval. Hizo el Camino cantando y casi siempre textos de las cantigas de Alfonso X, lo de la monja preñada es una entre cuatrocientas. La Virgen se me apareció cantada, en San Antón, en el mejor curso de verano del mundo jacobeo, en la misma acera del camino que va a Santiago. Y he vuelto a ese arcano mariano de Las Cantigas, tan nuestras. Los de antes sí que sabían trasgredir con fundamento.

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