Diario de Castilla y León
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ESPERO con avidez ciudadana el momento en el que, por fin, se desentrañe el proceso, entre biológico y metafórico, que lleva al voto válidamente emitido a convertirse en la fotografía de sonrientes agraciados en la toma de posesión de un gobierno. Local, regional, nacional e incluso interplanetario. Puede ayudar mucho a este descubrimiento la inteligencia artificial, aunque creo que, seguramente, al menos de momento, el foco hay que situarlo en la supervivencia nutricional. La búsqueda del poder ofrece unos reflectantes marcadores hormonales, más allá de lo que sería la lógica exigencia de números y objetivos. 

Estamos ante un escenario, gozosamente compulsivo y tristemente frágil, en el que las adiciones y las adicciones transitan, en confusa coreografía, por la pasarela más fashion de modelos que desean provocar irresistibles oscilaciones seductoras en el manejo de la cosa pública, cuando con su instrumental cognitivo apenas llegarían a peones en el ámbito de la empresa privada. De ahí el retorcimiento en cada zancada, el manejo excesivo y bueyuno de las caderas y los guiños atolondrados ante el más mínimo indicio del enfoque de una cámara. Una más de las vertientes de la política como exceso y distorsión. 

Resulta interesante poner en contraste diversos procesos digestivos en la creación de gobiernos. Desde aquellos que parecen preferir la discreción, como una eficaz arma para lograr un fin cierto, hasta los que se inclinan por anticipar la escena del crimen al propio momento del desencuentro, confiando así en que dé tiempo a transcribir su forzada tesis para su publicación nada más anunciar la falta de acuerdo.

Mañueco, situado en una horquilla de normalidad –en todos los sentidos- representa una vertiente política de corrección, como legatario de Herrera, quien fuera arquitecto de una política de líneas limpias y sencillas geometrías, favorecedoras de un mando templado y cordial. Más allá del histrionismo púber de Gallardo, y del veganismo normativo en los saneamientos ganaderos, Castilla y León ofrece un gobierno leal con la Constitución y razonable en sus pactos y propósitos.

Por el contrario, Guardiola, en Extremadura, muestra un preocupante desdén balompédico y olímpico al mandato de los ciudadanos, que en su región como en ninguna otra, ha manifestado, con el trasvase de votos del PSOE al PP, que hay que cambiar el guión y ponerse a trabajar. De momento parece que quiere protagonizar un capítulo de Aquí no hay quien viva. Ese narcisismo del que es tan necesario huir.

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