Diario de Castilla y León

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¡Qué sofoque, madre mía, con los cacareos de Sánchez en el debate del Estado de la Nación! Calcaditos de la obra teatral del irlandés Sean O'Casey del mismo título. ¡Qué ajetreos, qué ufano el gallo, qué espolones exagerados y descarados ante los súbditos del corral poco antes de ser desplumado! Si no fuera por los males que acarrea la dictadura triunfal del cacareo, sería de lástima. Verlo en su kikiriki cantando lo bien que va España desde que gobierna, pone las plumas de punta.

El dolor hace mella en mi vecina Carmina, la pobre, tirando del carro de la compra cada día. Antonio, cada vez que dice el Presidente que ya está arreglado todo, sube la espuma. Y bueno, ver cómo lo celebran en la tele dan ganas de vomitar. Para su consuelo, le cuento lo que decía O'Casey, que era muy socialista: «La riqueza, a menudo, quita posibilidades a los hombres». Razón por la cual Sánchez nos quiere a todos pobres, Carmina: para que no perdamos esa posibilidad tan maravillosa. Casi me mata.

Para mí, que soy militante consorte sin derecho a dormir tranquilamente en un varal con los capones sin posibilidades, qué quieren que les diga, pero el debate del estado del corral me ha parecido patético y deplorable. El gallo está acorralado, y ya sólo está pendiente de cómo pagará por minutos al coro de aplausos y el kiliriki del gallinero. A este gallo ya le pueden hablar del terrible pacto con Bildueta para cambiar la historia de España por la historia de la infamia. Sus chanchullos y falta de escrúpulos son ya su religión.

Ante semejante instancia suprema, ya advertía O'Casey que «las ocasiones de subsistencia son infinitas». Al gallo le importa todo un huevo y la yema del otro. Oiga lo que oiga, y le digan lo que le digan sobre chanchullos e ilegalidades, o sobre el tobogán sin freno por el que se desliza la economía, él ya tiene la respuesta perfectamente preparada de antemano: cacareos y más cacareos. Es lo que pasa cuando un gallo con la testosterona en alza gobierna un país según la cresta crujiente masterchef.

Esto ya se lo sabía de memoria el gallo acorralado de O'Casey, en donde el cacareo es el tren de cercanías de Sánchez que para en cada estación para contar los votos que aún le quedan en el gallinero. Como en provincias y en los pueblos no hay cercanías –acaba de quitarnos hasta los autobuses–, pues no hay paradas ni recuento, sino la pauta que marca el dramaturgo irlandés: «Una de mis reglas es no perder la calma, hasta que el mantenerla pudiera ser perjudicial». En cuanto vea el gallo qué es perjudicial a sus intereses, se acabó la calma.

Lo digo porque ahora el gallo Sánchez persigue a los judíos ––o sea, a la banca–, que es la tradición española cuando el estado se endeuda hasta las trancas. Esto lo aclaró Shakespeare en El Mercader de Venecia: se ataca a los judíos –o sea, a los bancos– para quedarse con su dinero y convertirse en el amo del corral populista. Ya, ¿pero dónde están, por cierto, nuestro dinero, nóminas, pensiones, cajero automático y libertad? Pues

en los bancos. El cristianismo persiguió al judío-banquero durante siglos hasta que llegó la sensatez. Pero la sensatez es dificilísima de mantener cuando se le entrega a un gallo.

Imposible. Sánchez está en el varal más alto del gallinero vigilando quién entra y quién sale. Incluso a los de su partido, pues sabe que ahí tiene a los posibles capadores para cortarle la cresta. Una sensatez a cuenta gotas que culminará con las elecciones del próximo mayo. Pero este es alpiste de otro corral.

Estamos en ese punto interesante en el que el gallo, empachado de testosterona, empieza a notar que le van a desplumar. Mi psicólogo, que sigue como un águila la trayectoria errática sanchuna, lo tiene claro: cuando los demás no estén de acuerdo contigo, es que están equivocados. Según él, esta es la fórmula ideal de Sánchez para que no haya deprimidos. Lo mismo pensaba Hitler quien, por cierto, también echaba la culpa a los bancos –casi todos judíos– de sus desastres políticos y económicos. Por esto se los cargó a todos.

Lo malo es cuando de esto se hace una religión, y se confecciona un dogma con las ironías de O'Casey: «Debemos tener un gran respeto por la religión de nuestras posibilidades, para mantenerla en tantas cosas como sea posible». Increíble, pero Sánchez ha vuelto a copiar sin citar las fuentes para su libro Manual de resistencia del que ya nadie habla. Es el sino de los gallos chulapones cuando están acorralados: cacarear hasta la extenuación.

Nos espera un año de cacareos y de calvario, mitificados por Bildu y Maduro, aireados por Podemos, y con unos agujeros en la Constitución de tal magnitud que ya no la reconocerá ni la madre que la parió. Compren todos los tranquilizantes en el farmacia antes de que se acaben, porque vienen curvas. Yo seguiré tan oscuro como decía aquí la semana pasada. Mientras, el gallo Sánchez –pinturero, chulo, exhibicionista, y eterno kikiriki del gallinero que escribía O'Casey– seguirá confiando en sus cacareos para aves de corral en estado catatónico: «canta, gallo acorralado».

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