Diario de Castilla y León

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Como necesito reponer fuerzas, no me queda más remedio que hacer un alto en el camino. Con el permiso de la autoridad competente, me despido hasta el 28 de agosto. En mal momento. Tanto en España, como en Castilla y León, estamos invadidos por el fuego, y por la emergencia humanista del sultán de Marruecos –así lo ha llamado eufemísticamente alguna televisión mostrando a unos famélicos bien fornidos–, que ha lanzado sobre Ceuta. Una invasión en toda regla, secundando las políticas de Sánchez –el constructor de soluciones–, que ha dejado a España en el chasis del Estado de Derecho: una Nación colapsada, un país a la fuga, un Presidente pillado en su corrupción endémica, y que se comporta como una fregona limpiando sus aberraciones geopolíticas y estratégicas y migratorias.

Hablar sobre los incendios de Castilla y León, es la tragedia de todos los años. Los pirómanos de distinto pelaje están protegidos por la ley. Somos su paraíso en vena. Reproduzco textualmente la denuncia que me manda JV desde su pueblo: «Vivo rodeado de más de mil hectáreas de pinares, y es vergonzoso ver cómo los cuidan, los cortafuegos de anchura minúscula y hechos tarde y mal, las motos, coches y camiones circulando por los caminos rodeados de malas hierbas secas y matorral. No puedes salir a recoger piñas, ni ramas secas, ni retirar pinos caídos secos, ni retirar tamujas del suelo, tampoco pasear con ciertas razas de perros porque son un peligro para el ecosistema. El verdadero peligro son los malditos políticos, los ecolojetas, y el resto de vividores a costa de los presupuestos públicos, y no el cambio climático». Más claro agua. ¿Qué pasa? Algo sencillísimo: que tenemos más de 9.500 normas medio ambientales constrictoras y sectarias.

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