Diario de Castilla y León

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Por fin. Las elecciones andaluzas de mañana domingo superan los estándares de unas elecciones autonómicas. En Castilla y León suponen el fin de un proceso de interinidad sostenida que dura demasiado tiempo: casi medio año. Cuando se celebraron las elecciones en Extremadura –21 de diciembre 2025–, aquí se miraron los resultados con un optimismo moderado: las mayorías absolutas se pusieron en entredicho, el sanchismo se llevó un soberano revolcón, y no hubo otro remedio que pactar con Vox a trancas y barrancas.

Un mes y medio después –8 de febrero–, la Comunidad aragonesa votó. La confirmación de lo ocurrido en Extremadura se convirtió en certidumbre formal y aristotélica. El PP recibió un aviso irremplazable: pactos, pactos y pactos. O lo que es lo mismo entre esquiladores de la misma cuadrilla: a peine encorvado, cabello enhebrado. Otros, los socialistas, están reponiéndose del revolcón baturro sin conseguirlo. Cuando un mes después votamos en Castilla y León –15 de marzo– ya no tuvimos ninguna duda al respecto: la certidumbre se convirtió en alternativa decisiva: o pacto o nuevas elecciones, y a otra cosa mariposa.

A pesar de estas evidencias a machamartillo –que tienen este fondo quijotesco: «el que compra y miente, en su bolsa lo siente»–, aquí seguimos con las manos en los bolsillos y mirando a lo que pase mañana en Andalucía por no se sabe qué estrategia o por qué santo advenimiento. A pesar de la «buena voluntad», que apuntó el jueves Fernández Carriedo, el acuerdo con Vox sigue congelado como el tiempo. ¿Se alzará Moreno con la absoluta, dependerá de Vox? Pase lo que pase, el destino de Castilla y León se selló en las urnas, y aquí no quedan más truchas en las lonjas. ¿A qué esperáis, madrugadores?

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