Diario de Castilla y León

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Cuando Mariano Rajoy visitó Garoña en el año 2009 y prometió que mantendría funcionando la central burgalesa hasta 2029 si resultaba elegido presidente, muchos quisieron ver la prueba de que el Partido Popular iba a deshacer el camino emprendido por el Gobierno socialista y a preservar una instalación que, más allá de los prejuicios ideológicos, seguía teniendo valor industrial por su contribución para moderar el coste energético y la contribución al desarrollo territorial. Rajoy fue elegido presidente, pero bajo su mandato el Gobierno del Partido Popular remató la faena que había iniciado un Ejecutivo del Partido Socialista y decretó el cierre de la nuclear burgalesa. La imagen de Rajoy hace veintipico años a las puertas de la central Garoña la ha replicado ahora Alberto Núñez Feijóo, que ha prometido el apoyo del PP al mantenimiento de la generación eléctrica nuclear en España y su compromiso para extender la vida útil de las centrales con el argumento de que su cierre anticipado dispararía la factura de la luz. No tomen muy en serio ese anuncio, porque puede que, igual que Rajoy entonces no sabía lo que decía o no hizo lo que debía, este otro gallego, el que manda ahora en el PP, podrían cambiar de opinión. Depende. En política energética, las promesas sirven para endulzar el discurso en cada territorio, pero rara vez aguantan cuando llega la hora de decidir de verdad. Quizá le rente más abrir mercado con el hidrógeno, el maná que no acaba de llegar pero que ahora seduce en los despachos del poder. El hidrógeno tiene una virtud de la que la nuclear carece y es que permite abrir jornadas, convocar foros, presentar mapas de colores y prometer un futuro limpio sin tener que defender en voz alta una tecnología como la nuclear que todavía provoca sarpullidos ideológicos y exige hablar mucho de seguridad y de inversión a largo plazo, que es una cosa que en España se conjga poco. En todo caso, Garoña está en un proceso irreversible de desmontaje y ni siquiera se ha tomado en consideración la idea de Vox de aprovechar la infraestructura existente, incluidos los planes de emergencia nuclear y la red de proveedores de la zona, para instalar un mini reactor nuclear de última generación. Ni se ha debatido en serio ni se ha estudiado con rigor. De hecho, ni se ha querido abrir esa conversación porque hoy día antes de analizar si algo conviene, se mira quién lo propone y si lo plantea el adversario, se entierra aunque sea razonable o afecte al futuro energético de una comarca. No ha nacido el valiente que tenga los arrestos suficientes para montar una nuclear nueva en esta España de ofendiditos y ridículos, nostálgicos de las chapas de ‘nucleares, no’.

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