TIERRA ADENTRO
Aplicarse el canto
Con tanto TikTok y tantas aplicaciones se nos olvidan los dichos y las canciones. En realidad, de lo que quiero escribir es de la primavera, de esa primavera que se enreda en la memoria infantil y te devuelve sentencias de tanto calibre como aquella que colocaba los meses en el ciclo vital de algunas aves y decía eso de “marzo, nidarzo o añerarzo; abril, hueveril, y mayo, pajarayo”. Así, como suena. El caso es que ahora los nidos con sus huevos, los primeros trinos de los polluelos y el nombre de los pajarucos ya solo vienen en la literatura audiovisual. Por cierto, estos días se celebran los cien primeros años de El Camino de Delibes. Muchos somos los que pertenecimos a aquel escenario infantil del pueblo donde las guerras entre chiguitos, la aventura y el romperse la crisma estaba a la orden del día. Y aquí estamos. Al menos en aquel tiempo -que no tiene por qué ser mejor, aunque fuera más interesante- conocíamos el nombre de las cosas: del río, del arroyo, de lo que volaba, del pájaro que anidaba. Y sabíamos diferenciar en el bosque bajo tres arbustos y seis árboles diferentes. Acudo de nuevo al Mochuelo, al Tiñoso y al Moñigo que, casi sin darse cuenta, cumplen cien años y Daniel, Germán y Roque llevan firmando los libros desde que a don Miguel le diera por crearlos. Casi prefiero no dejarme caer por la exposición de los cien años de El Camino en la Casa Revilla en Valladolid, porque como en las primeras veces de mis lecturas delibianas, se me revuelve la sangre comprobando algo que servidor pensaba que iba a ser imposible: que desaparecieran los paisanos y las paisanas de sus casas. Que los nidos de las golondrinas se esfumaran a escobazos. Que el malvís ya no revolotearía. Y no sigo porque si me pongo a colocar a los míos en el lugar de las Guindillas, la Mariuca, la Josefa y los padres de los tres amigos, además de don José, el cura, resulta que se me caen las lágrimas. Porque todo eso ya solo es literatura. Los pueblos se mueren, salvo en verano. Y no pretendo haceros pasar mal rato a los nostálgicos, pero qué triste es llegar a tu pueblo y encontrar el árbol aquel donde te subías sin que nadie trepe por sus ramas desde hace años. El niño no juega con la naturaleza viva y los últimos habitantes ya no saben discernir de qué ave cantora es ese trino de la mañana. Bueno, salvo que sepas utilizar la aplicación. Y es que estamos en manos de las aplicaciones. O te aplicas o no existes. Y hablando de aplicarse, hay que insistir en que el verdadero conocimiento está en la calle, a la intemperie. Lo que ahora se llama espacio medioambiental. Si conseguimos saber el nombre de un árbol, de una flor silvestre, de un pajarín y el del arroyo que pasa bajo el puente, ya hemos logrado ser más cultos. Y yo diría que hasta más intelectuales. Habrá que aplicarse.