EN POCAS PALABRAS
Criatura de gracia
Criatura de encanto, de excepción. De aquí la pena que ha producido en Castilla y León la noticia del fallecimiento –el jueves– de María Caamaño, la niña de 13 años que, a pesar de su cáncer agresivo, hizo de la sonrisa un proyecto de vida, una ternura sin timideces, una ventana de esperanza que a todas horas abría de par en par aun estando dormida. Sólo una niñez como la suya –limpia, sin interrupciones, y con la inocencia de un paraíso que tocaba con la mano– tiene esta plenitud tan sólida.
La llamaban Princesa Futbolera Guerrera. ¡Acertado eslogan para vivir en gozo! Le gustaba el fútbol, como a todos los niños, y sobre todo jugar, jugar como una campeona hasta… hasta que la alegría de meter un gol le lanzara a las alturas olímpicas, a ese empíreo habitado por una niñez angélica –teología disfrazada– que toca con sus deditos el cielo de verdad.
Basándose en este fondo de alegría tesorera –consustancial a todo niño como fondo de salud primigenia–, creó María su propio plan de vida que llamó «La sonrisa de María». El proyecto de una niña que, increíblemente, obtuvo el Premio Castilla y León de los Valores Humanos y Sociales de 2024. Aquella entrega del balón de oro –lo nunca visto en una entrega de premios diseñada para académicos y currículos estelares– nos dejó anonadados, porque ahí estaba María con la sonrisa en acto, en su fragilidad rotunda y taumatúrgica, y en su felicidad más desbordante. El escenario parecía pequeño, los discursos se aligeraron, la política hizo un respetuoso paréntesis, y el público se fundió con la sonrisa de una niña que, en su enfermedad incurable, miraba al mundo y a las personas, con una madurez impropia. Sí, pero con una caricia contagiosa. Descansa en paz, criatura de gracia.