De Carlos Menéndez
Carlos Menéndez en el Pleno de constitución de las Cortes.
La tan ansiada como necesaria regeneración política no consiste sólo en normas y pamplinas de esas de transparencia, donde la transparencia es un instrumento arbitral en manos de altos cargos ungidos de opacidad, funcionarios amargados y palanganeros a sueldo (público) que tienen por castigo el trabajo. La regeneración empieza por el acceso de buenas personas a la política, no sólo de salvajes de Twitter y alborotadores de hemiciclo. Por eso no deja de ser tan buena como esperanzadora la decisión de VOX de ascender a la vicepresidencia de las Cortes de Castilla y León al charro Carlos Menéndez, que no tiene un pelo de tonto, pero tampoco de rencor, de desidia ni de ruindad. Lo cierto es que por no tener, no tiene un pelo de nada. Pero va sobrado de prudencia, mesura, rigor, trabajo, templanza, educación, cortesía y bondad, que son principios que curten la personalidad de un político de los que quieren los ciudadanos. Nadie mejor para ostentar el crédito institucional que prestan los ciudadanos a sus elegidos en el lugar en el que reside la soberanía del pueblo. Aunque en los últimos tiempos lo único que haya residido sea el estercolero de la política indecente. Cobijo de BMWs, amparo de oscurantismo y sumidero de haraganería. Que llegue Menéndez a cotas tan altas, desde donde se divisa la intemperie del plenario, es síntoma de la esperanza que depositamos en que los 82 inquilinos del mausoleo orillado a la vallisoletana Avenida de Salamanca devuelvan la dignidad arrebatada a dentelladas y alborotos a la institución que nos concierne a todos, ideologías y colores al margen. Menéndez es el rigor necesario de la política. No por ímpetu, sino por mesura. No por griterío, sino por diálogo y respeto. Con su entrada triunfal en los cielos de la Mesa de Cortes sale parte de la vanidad, el ego, el narcisismo o la desidia que habían conseguido anidar en nuestro hemisferio parlamentario. ¡Firmes! Hay una buena persona en el mando de las Cortes.