TIERRA ADENTRO
La moneda del César
Sin dejar de mirar al cielo por si caen misiles, espero a la Pasión que se avecina un año más. A la Pasión de Cristo. Es un buen momento para aquellos que sientan curiosidad por el personaje central del multitudinario espectáculo de fe que significa todo el entramado procesional u oficial (de oficios) de la Semana Santa. A poco que tiremos del Evangelio, los lugares y hechos nos trasladan al escenario en el que vivió Jesús. El hijo de un carpintero que trabajó la madera en su taller en Nazaret. De ahí que Jesús, el nazareno, sea el tipo más conocido universalmente. Sigue en boca de todos. Crucificado y atado a un madero y esperando una saeta que lo desenclave. O a alguien con arrestos suficientes para ser capaz de subirse a una escalera en primavera y decirle a su padre que pare los misiles. Lo que se están perdiendo estas dos últimas generaciones al no acceder al interesante material didáctico sobre lo que en mi tiempo se llamaba historia sagrada, Antiguo y Nuevo Testamento, los evangelios, vamos lo que venía siendo la Biblia en verso. Qué fuente de inspiración, qué relato y qué argumentario tan fascinante. El caso es que, en ese mismo escenario, en el que el hijo de María y José creció, en ese mismo suelo de la vieja Palestina, hoy, ayer, ahora mismo y seguramente mañana al amanecer, seguirán cayendo bombas y arrasándolo todo. Y así entramos en otra semana de dolor. Este año aconsejo alejarse de las multitudes y de los tambores y capirotes. Ojo, que servidor sí es de procesiones. Me refiero a esa Semana Santa que en algunos lugares lo llevan hasta las últimas consecuencias. Al más puro realismo. Estoy imaginando al que hace de Cristo en la cruz en la recreación de la Pasión de su pueblo. A pecho descubierto. Me agradan estas manifestaciones populares. Algunas de estas escenificaciones son casi como el Puy du Fou de la Semana Santa. Es una pena que no tengamos el listado ordenado, catalogado, bien descrito con sus horarios, lugares, leyenda, partitura y libreto…. Pero dejémoslo estar. Insisto en esa apuesta voluntaria de la sociedad civil, en los feligreses, en ese pasar a la acción de un grupo de hombres y mujeres que llevan al teatro la historia más triste y desgarradora de la vida de un hombre que dijo ser hijo de Dios y, al parecer, lo sigue manteniendo en tiempos de guerra. Una guerra que no la para ni Dios. Sigo teniendo la sensación de que vivimos en los finales de un mundo placentero y trastornado. Hasta cuándo vamos a disfrutar de esta calma chicha donde el petróleo, que es la moneda del César, sigue estando en las peores manos. Iré escogiendo una palma para mi nieto en este palmeral tan surrealista.