Diario de Castilla y León

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AYER pasé por las Lagunas de Villafáfila, donde la Tierra de Campos va a hermanarse con la Tierra del Pan, y pude volver a constatar que uno de los grandes humedales de la estepa zamorana estaba lleno de vida, rebosante de vida. Anoté el alborozo que contrasta con una naturaleza que ya era anunciadora de nuevas primaveras. Comprobé que el paisaje cerealista nos ofrecía un ecosistema renaciente, repleto de lagunas y cuencos seculares; pues vi que se mecía entre regatos de frágiles laderas.

Comprobé que un invierno tan lluvioso había despertado del letargo a este paraje denso y solitario de la Castilla yerta, profunda y fabulosa. Que todo lo monótono y lo oscuro se había diluido bajo el agua, y que el agua pintaba en sus orillas fibras de seda blanca, porque la sal se anclaba en las pasiones de vetustas salinas que ya nadie recuerda.

Era el color del mundo y sus memorias. Eran sueños antiguos que perviven vestidos con ropajes muy ajados. Era el color silente de la arcilla que arremolina ensueños o quimeras... O el color de las tardes que se alargan en cuestas infinitas y ondulantes que a veces serpentean y deshilan la sombra de algún chopo solitario.

El vapor de las márgenes se extiende en lejanas e icónicas praderas que laten sobre el mítico horizonte que por la tarde es rojo como el fuego. Y allí evoqué los pueblos de tapial. Esos que mimetizan lo que el hombre llamaba antiguamente sementeras: son los campos de trigo que en verano van a dorarse al sol y hacerse de oro.

Era la soledad que ya se acurruca donde la nada hierve y se hace vida... Y recordé el adobe, el milenario adobe que aun pervive entre ruinas de casas solariegas, y en viejos palomares y espadañas que inertes como faros nos dejan ver sus flacos esqueletos.

Imaginé a los viejos labradores y los vi caminando poco a poco donde las tardes mueren; porque esta tierra antigua y sus versiones humanizan caminos y senderos que están llenos de huellas.

Las Lagunas de Villafáfila son un ecosistema que permanece intacto, que consigna fragmentos sobre una tierra frágil, austera y centenaria que resetea cielos siempre azules. La tierra que conculca sus versiones desde que el mundo es mundo. La que quiere saber si el horizonte se elonga mucho más hacia lo inmenso o pende de los hilos de la nada.

Ayer regresé a las orillas de las Lagunas de Villafáfila para entender de nuevo nuestra tierra. Para leer sus últimos renglones en una senda yerta y solitaria que hamaquea la esencia de mis cosas y aglutina versiones que rememoran todo lo que es nuestro.

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