Diario de Castilla y León

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Han pasado 26 añazos de aquel temido ‘efecto 2000’ que nos volvió locos a todos los que trabajábamos con un ordenador en esa época y la evolución tecnológica nos ha traído a la era de la inteligencia artificial. En los añorados años 80 los Reyes Magos nos traían juguetes controlados con un cable, veinte años después, video consolas, y hoy son drones o modernísimos teléfonos móviles. El efecto 2000 ocurrió justo dos años antes de la entrada en vigor del euro, un hito monetario que provocó el mayor movimiento de dinero negro de nuestra historia, solo superado quizás por las trampas del burgalés duque de Lerma o de la desaparición del mítico oro de Moscú. Todo el que tenía dinero negro se buscó la vida para aflorarlo y muchos fueron muy imaginativos. Como aquel que vendía retratos a millón de pesetas y era pintor abstracto. Eran otros tiempos, mucho antes del hermanísimo (el de Guerra, no el de Sánchez) y previos al famoso tres per cent (léase con acento catalán). Pero esas costumbres llegaron para quedarse y ahora tocan sobres transparentes con emblema de partido cargados de chistorras y lechugas. En plena era de transformación digital, asombra ver inventos como el Verifactu o que Hacienda va como un reloj cuando toca descontar su parte de los premios de la lotería y después se arrastra los pies para tumbar el sistema egipcio de los ‘sobre-cogedores’. Los amigos de León y otros premiados en el Sorteo del Gordo de la Lotería deberían andarse con ojo porque el fisco está a la que salta. Conviene tener mucho cuidado al hacer un Bizum o darle un sobre a los hijos, por aquello de repartir la suerte, ya que el ojo del Gran Hermano tributario no parpadea nunca. Si alguien considera que es imprescindible pasarle una ayuda a algún familiar, debería saber que esa generosidad familiar podría acabar tributando como si fuera un pelotazo urbanístico. Esta asimetría en nuestro progreso es alucinante. Hemos pasado de pelearnos con el manual de instrucciones de un vídeo Beta a llevar un superordenador en el bolsillo que registra cada paso que damos, pero no cada sobre que se pierde. Mientras el ciudadano vive bajo la tiranía del algoritmo y la trazabilidad absoluta de sus ahorros, quienes abusan del poder que les dan las urnas siguen haciendo negocios en reservados de restaurante sin dejar rastro ni digital ni del otro. Ni propina dejan. La digitalización es una herramienta de control perfecta para quienes les gusta que se aplique en una sola dirección. Para el autónomo o el jubilado que quiere echar una mano a su nieto, el Estado tiene una red de pesca con una malla tan fina que no se le escapa ni un boquerón, pero resulta que los sobres que van y vienen de los favores de despacho son indetectables. Es el gran cinismo de estos tiempos en los que nos venden la transparencia como el valor democrático supremo y en la práctica lo que se lleva son los vicios del siglo XIX. Al cacique se le perdona y al pobre se le acogota con esa pinza fiscal implacable con el débil. Y empieza la cuesta de enero.

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