Diario de Castilla y León

COSECHA 2026

El fuego deja a Cebreros sin uva: la fauna salvaje remata la vendimia más escasa que se recuerda

Las llamas afectaron a 200 hectáreas de viñedo y empujaron a jabalíes y corzos a devorar parcelas enteras en una campaña que se hunde un 40%

Una cuadrilla recoge la uva dentro de la denominción de origen Cebreros.

Una cuadrilla recoge la uva dentro de la denominción de origen Cebreros.

Publicado por
E.N.
Valladolid

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Cuando los viticultores quisieron cosechar la uva en la zona de Cebreros, se encontraron con que alguien se les había adelantado. Jabalíes, corzos, ciervos y aves hambrientos ya habían ‘vendimiado’ su parcela, acorralados por la falta de alimento tras el incendio más agresivo de la historia de España que arrasó el sur de la provincia de Ávila. «En dos fincas de maduración más temprana apenas quedaba un kilo de uva; ya no merecía la pena enviar a la cuadrilla», explica Marta Burgos, directora técnica de esta denominación de origen.

Ese zarpazo de la fauna salvaje puso la puntilla a la vendimia más escasa, precoz y amarga que se recuerda en la zona. Asfixiada por un verano de calor ininterrumpido, cercenada por las llamas que envolvieron a 200 de sus casi 500 hectáreas, la cosecha terminó el 26 de septiembre, 26 días antes de lo habitual y con una cantidad raquítica: apenas medio millón de kilos cosechados, frente a los 800.000 habituales en la historia reciente de esta joven denominación de origen. Es un 40% menos que la media.

La uva ha llegado a las bodegas tras superar varias «‘plagas’», explica la directora técnica tirando de metáfora. Porque en lo literal –añade–, el fruto entró sano y con una calidad «maravillosa».

Por un lado, el impacto del fuego sobre la superficie amparada resulta abrumador: 200 de las 487 hectáreas inscritas quedaron dentro del perímetro de los incendios. Por municipios, el impacto se concentró severamente en Cebreros, con 180 hectáreas afectadas, y en El Tiemblo, donde prácticamente el 100% de su superficie vitícola (unas 13 hectáreas) se vio envuelta por el área de influencia de las llamas. Términos como Burgohondo y El Barraco sufrieron daños parciales, mientras que los viñedos de parajes como Navaluenga, Sotillo de la Adrada, Navahondilla y Mijares quedaron a salvo.

La variedad más castigada es la autóctona albillo real, que representa cerca del 10% del viñedo amparado y se sitúa en las cotas más bajas del territorio. Tres cuartas partes de estos majuelos quedaron atrapados dentro de los límites del fuego, lo que provocó que su cosecha se desplomara a menos de 26.000 kilos, frente a los 53.000 recogidos la temporada anterior.

El fuego no sólo arrasó con las viñas quemadas. Otras parcelas se quedaron sin vendimiar por miedo al llamado 'smoke taint' o impregnación de olor y sabor a humo en el mosto, una alteración organoléptica probable debido a que el fuego y la ceniza convivieron durante largos días con la uva madura y enverada.

Por su parte, la variedad tinta garnacha —que constituye el 90% restante del viñedo— encontró refugio en la dispersión geográfica de valles como el del Alberche (Villanueva de Ávila, Navalmoral de la Sierra) y el del Tiétar (Lanzahíta, San Esteban del Valle), amortiguando el impacto global.

El ciclo agronómico tampoco dejó margen a la recuperación de las cepas. Tras un invierno lluvioso que dejó reservas de agua en el suelo, las precipitaciones cesaron de forma drástica en mayo. Desde el 1 de junio hasta finales de septiembre, la comarca encadenó olas de calor casi ininterrumpidas, sin apenas contraste térmico entre el día y la noche. «Aparte del calor, ha sido un verano extremadamente seco. La uva no ha engordado, se ha quedado chiquituja», explica Marta Burgos. Esta aceleración forzada de la maduración provocó que la vendimia, iniciada el 1 de agosto con la blanca albillo real, bajara la persiana de forma definitiva el 26 de septiembre en las 25 bodegas inscritas, firmando la recolección más precoz y escasa desde la creación formal del sello en 2017.

A pesar de la gravedad de la situación en el campo, el trabajo en bodega ha arrojado una sorpresa positiva para técnicos y enólogos. Frente al temor inicial de obtener vinos pesados o sobremadurados por el calor extremo —a semejanza de las añadas cálidas de 2022 o 2023—, los primeros mostos y vinos recién fermentados destacan por su notable acidez y frescura, impulsados por la humedad que las raíces acumularon durante las abundantes lluvias invernales.

«Ha sido una añada corta, pero con una calidad maravillosa. Y la mejor forma de apoyar a la zona es consumir vinos de la DOP Cebreros de todos los años», reivindica Marta Burgos al mantener el optimismo sobre el futuro de un territorio que aún tiene mucho que decir. Razones para la expresividad sobran en un territorio escarpado donde la uva crece desde los 450 hasta los 1.300 metros de altitud, con algunas de las fincas más elevadas de Castilla y León.

«Hay que ser positivo», concluye, mientras viticultores y bodegueros, con el mosto ya a buen recaudo, esperan a la primavera para comprobar cuántas cepas dañadas por el fuego logran brotar de nuevo.

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