Diario de Castilla y León

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Entramos en diciembre. A ver cómo salimos. Todavía las hojas se bambolean con el aire en su viaje al suelo desde la rama del árbol. Bella estampa a la intemperie. Ellas alfombran las calles de las ciudades, y de las brañas, y de los bosques. Contemplamos estos días los sutiles ocres de las hojas secas haciendo montoncillos a su albedrío, y en ocasiones levantando el vuelo corto, como el de las perdices o una bandada de estorninos nerviosos. Solo hay que buscar un monte, un jardín, un parque con bancos verdes, sentarse a escuchar cómo bailan y silban las hojas al caer tras desnudar las ramas de su árbol.

En primavera, el banco donde sentarse a mirar lo prefiero blanco. En otoño, con la caída tardía este año de la hoja, me siento más vivo y, en parte, cerca de la lógica estacional. Es el otoño, la estación de los pintores y de la luz. No tanto ya de los poetas, que andan escasos de rima en su propio otoño literario.

Siempre me maravilló esa virtud que tienen las hojas de morirse una y otra vez para convertirse en la sangre de su árbol, para volver a ser entraña radicular y tronco robusto. Las hojas que caen de los árboles en esta estación del año son las lágrimas que lloran de frío. La cuestión son los árboles, y por quién lloran sus hojas al caer.

¿Cuántas especies de árboles conoces? Sería una buena pregunta. ¿Serías capaz de diferenciar encinares de hayedos, abedulares de alcornocales, acebales de pinares… y así? Hay un montón. Algún día se sabrá. Y los chiquitos y estudiantes y el común en general se percatarán de que Castilla y León es la comunidad autónoma con mayor masa forestal del Estado español y una de las regiones más arboladas de Europa.

Por eso, con esta introducción poética, conviene recordar en otoño que somos árboles y que las hojas al caer llaman nuestra atención. De ahí que los incendios nos duelan y nos quemen media vida. Que la voz de los forestales deba ser escuchada con respeto y que el bosque siga siendo pulmón y fuente de riqueza. Posiblemente esta falta de identificación con los bosques, con los montes y con los árboles en este mundo que vivimos sea la causa de la poca preocupación por lo que hoy llaman ambiental.

Sin embargo, lo del castillo, el monasterio y el yacimiento ha calado más hondo en la sociedad civil, y en este campo parece más dispuesta a hacerlo suyo y es más sensible a la reivindicación.

Propongo que todos los otoños busquemos un banco pintado de verde, bajo un árbol, para acompañar el llanto de nuestros árboles viendo caer sus lágrimas verdes.

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