Diario de Castilla y León

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Los españoles siempre estamos buscándole los tres pies al gato, y seguiremos buscándolos y buscándolos hasta el fin de los días. Se conoce que no tenemos mucho más que hacer y que en vez de disfrutar plenamente de nuestra democracia nos dedicamos a bucear en un pasado rancio y tumultuoso en el que una dictadura nos condenó a vivir muchos años faltos de libertad.

Pero hoy, que ya ha pasado medio siglo desde el fin de aquella dictadura, seguimos insistiendo para dividir a los millones de españoles que aspiran –aspiramos– a vivir en sintonía con todo lo que nos rodea. Con los que piensan como nosotros y con los que no piensan ni han de pensar como nosotros, porque eso es precisamente la democracia: el respeto mutuo y civilizado... Pero el mundo está diseñado así, y seguramente –como decía el pintor Andrés Viloria– es que, en el fondo, hay un defecto de fabricación desde que para sobrevivir no tenemos más remedio que comernos los unos a los otros, incordiarnos los unos a los otros y odiarnos los unos a los otros. Eso ya sucedió y el resultado fue tremendamente negativo.

El ser humano es legítimamente heredero de miles de guerras y conflictos que han llegado hasta hoy y que se han enquistado para que sigamos siendo lo que siempre fuimos. No hemos mejorado. No hemos sabido dejar atrás las cosas que enturbiaron nuestra convivencia para dar entrada a un nuevo ciclo de tranquilidad y, de paso, de prosperidad.

La desmemoria es sangrante, acuciante, cuando seguimos empecinados en recordar lo nefasto, olvidándonos de todo lo bueno que también ha sucedido. La transición española fue un ejemplo de transición. Un ejemplo de cómo tantos ciudadanos que provenían de una dictadura hicieron un borrón y cuenta nueva para que la paz y la concordia fuesen pautas auténticas y nobles. Pero la desmemoria que reclamo, la que propongo en estas líneas, no tiene nada que ver con la amnesia o falta de memoria. Simplemente propongo que seamos capaces de encauzar las razones de todo lo que hicimos, las que provocaron nuestra Guerra Civil o «Incivil» como diría nuestro consejero de Cultura, Gonzalo Santonja. Aspirando a que nunca llegue a repetirse.

La política española de los últimos años ha desvirtuado lo que fuimos durante los primeros años de democracia y lo que aspirábamos a ser. Porque se ha desnaturalizado este mundo infame que nos sorprende con individuos que no dejan de apretar las clavijas de un pasado infausto que no condujo a nada. A nada de nada.

Y es que, en muchas ocasiones, somos muchos los españoles que desearíamos un futuro falto de rencores, ya que de lo que hicieron tan mal los que ya han muerto no quedan culpables, ni resquicios que deban de imponer tanto desorden y tanta desavenencia.

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