Diario de Castilla y León

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PRETENDO CRUZAR la raya en el mapa de Iberia y el día menos pensado me traslado a vivir al otro lado. Una tentación que ya es una esperanza. Porque lo que me rodea en mi mapa regional me enfría, me cabrea y me desmorona. Pero, ese es otro cantar. El cantar desacompasado y descompensado de una región desnortada y débilmente abanderada. Penas aparte, lo que viene al hilo de la columna es que pretendo hablar, escribir y manifestarme en dos lenguas y asumir la cultura de ambas. Esa sensación que perciben los traductores profesionales cuando aseguran que tienen que controlar las expresiones, ya que cada frase se siente de distinta manera. Se piensa en el idioma con el que se platica. Y en ello estamos, en el sueño de ser bilingüe. Quiero hablar y escribir en la lengua de Camoens, Saramago y Pessoa… queda un pelín cultureta, pero es un tridente literario que siempre admiré y leí desde el castellano. Queda claro, por tanto, que quiero ser “castellanolusoleonés”. Hablar ese español sin hueso que es la lengua portuguesa. ¡Unamuno que estás en los cielos! Y cada vez me tira más la raya que me acerca y me mete en suelo lusitano. Estoy por comprarme ya la carriña y la casa portuguesa. Denme tiempo. Tiene uno cierto hartazgo de lenguas impuestas y subvencionadas. Recientemente he vuelto a pisar la raya, la raia, y esta vez deteniéndome en Alcañices, capital de Aliste, foro de capa parda y crónica fronteriza inagotable. Con un tratado, que, a pesar de su enorme y trascendental importancia, el común desconoce. Admito mi preferencia por esa franja cultural compartida con Portugal desde el Duero salmantino y zamorano. Nuestras viejas comarcas de la Ribera y los Arribes. Pongamos que hablo de Alcañices donde volví a escuchar a amigos sabios contando lo bien que rubricaban los acuerdos bilaterales en siglos pasados la Corona de Castilla y el reino de Portugal. Un debate de alto voltaje sobre relaçôes históricas y desafíos partilhados, con Mario Bedera, que convenció con su actualización de las relaciones entre la región y la parte lusitana. Carlos Ferreira, un viejo roquero de La Raia, que trasladó el mensaje de “paz rayana” y su reivindicación de una mención a la Unesco. Carla Basilios, de la región centro, que plasmó el momento turístico y González Prada, que nos refrescó la crónica de la Fundación Rei Afonso Henriques, peso y poso zamorano que lleva décadas encendiendo la luz de Portugal a orillas del Duero sobre suelo franciscano. La idea del debate la parió la Fundación Siglo y fusionó cultura popular y menú compartido entre nosotros y ellos. Fuimos, por un día, truchas de río sin importarnos si era el Duero o el Douro.

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