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CONTRASTE O TRAMPANTOJO. El común, es decir el rural sin tirar cohetes, está más desahogado. Entra en este cercado toda la familia, tractores, rebaños, habitantes, sindicatos, regadíos y secanos, patronos y campesinos y toma el nombre de “el campo”. Cierto toque lírico para resumir al motor económico y social que tira de la agricultura y de la ganadería. Y frena la despoblación. No sé si espejismo o trampantojo, pero siento que afrontamos el otoño con media sonrisa. Y eso en medio de la PAC, los aranceles, las verdes agendas con su praderas y charcos. Y ese cabreo permanente porque tenemos que competir con el de abajo, que comercializa sin cadenas, sin analíticas y sin inspección laboral. El campo va bien desde la espiga a la uva. De huevos anda un pelín revuelto el gallinero ponedor. En medio de todo, que es mucho, disfrutamos de un buen momento y podríamos asegurar que empezamos a tener toda la carne en el asador. Ojo, que la cita se las trae. Vuelve, o mejor dicho entra con fuerza la carne en el asador. O en la parrilla. Moda dominante en el momento gastronómico. Se consume más y con mayor felicidad y no cuesta aflojar el bolsillo para aplaudir al chuletón regional que resucitó la yunta del pasado. Es decir, a aquellas vacas viejas y aquellos forzudos bueyes que le hacían el trabajo gratis a San Isidro. Nunca se habló tanto de bueyes. Casi estaban solo en boca de los defensores de la Real Cabaña de Carreteros. Pero, hoy quien no haya degustado carne de buey o de vaca vieja no es nadie. Vamos que la carne roja está subiendo enteros. Cada día un ganadero aparta unos cuantos (toros, machos, bueyes) para que se hagan mayores y pesados y que acaben regalándonos ternura. Les espera, después del matadero, la madurez que habrá que controlar. Y el parrillero, perfil que acabará arrinconando al cocinero y al sumiller. Al tiempo. Debemos congratularnos con ello. No hace tanto, algún ministro encarnado puso colorado al sector cárnico en esta región que, por cierto, los de las carnes rojas son más fuertes que los del lácteo y los del vino, eso sí por debajo de los coches con ruedas -por ahora- y los ricos que viven del viento y del sol. Bienvenida sea esta nueva era de la carne de vaca, de buey, de novilla y de ternera que sale del matadero. Viva la carne roja. Se ven vacas en los prados, ramonean a su antojo en la dehesa y duermen siestas bajas las encinas. Huele a choto y establo. Y eso es dinerito. Y esto es lo mejor que nos podía pasar. Algunos dicen que si la ganadería extensiva, o sea la que pasta en libertad y en el sotobosque, sigue creciendo, los incendios irán disminuyendo. Nos podemos sentir orgullosos de nuestras carnes. No debemos olvidar que somos parte de ese ganado y, por fortuna, lideres también en carnes rojas.