TIENE TELA
Es tan grande lo que me pasa
NADA, que con el tirano Sánchez no hay día sin corruptela ni semana que no colme la corrupción como ejercicio de altanería, de jodienda exhibicionista, de desprecios encadenados al estado de derecho, a la humanidad más elemental, y a la ciudanía más conformista. A este carrerón degenerativo y desahogado de ir por el mundo como «una papesa», ¿saben, además, cómo lo llamaba Sanchica, la hija de Sancho Panza, en el capítulo 50 de la segunda parte del Quijote? Lo identificaba con un perro que va «en bragas de cerro». O sea, sin freno y en pelotas.
¿Fuerte? Lo siento. Pero lo dijo Cervantes, y antes que él lo escribió el Marqués de Santillana. Estos dos grandes maestros cantaban las cuarenta al más peinado. Por tanto, no soy quién para retirarlo. Y menos en estos tiempos de sanchismo pornográfico y pantagruélico, en los que la mafia progre y depredadora tiene un oído tan fino. Tienen además la piel más exquisita y «chulísima» del discurso político de todos los tiempos: la «de puta vieja y de tabernero nuevo», que describía La pícara Justina con una precisión tan detallista que tampoco este menda es quién para retirarlo. Es más, lo suscribo.
Así que, con todo respeto, en este lunes de Pentecostés –cuando el sanchismo no es más que un engaño concertado y una microbiera apestosa– mi deber es recordar lo que decían nuestros clásicos del Siglo de Oro, y lo que escriben los modernos. Por ejemplo, Jacinto Benavente, premio Nobel en 1922. Años antes –1913–, el dramaturgo estrenó una obra que produjo gran revuelo en los políticos y en la sociedad de su tiempo: La malquerida. ¿Por qué? Porque es la historia de un engaño masivo, de un drama rural, al que se enfrenta una pobre mujer, llamada Raimunda, y que es transportable a la época sanchista al cien por cien.
Miren qué chasco supersónico supuso en esa labriega descubrir el engaño a tutiplén en la Escena V: «¡Quié decirse que todo ello es verdad! ¡Que no sirve querer estar ciego pa no verlo! Pero ¿qué venda tenía yo elante los ojos?». La misma venda y ceguera que los españoles ante la montaña de engaños y supercherías que nos ha surtido el sanchismo en la semana pasada. Pues es verdad, hija, y españoles todos. La desolación de Raimunda es también la nuestra: «Voy sin sentío… Es tan grande lo que me pasa, que paece que no me pasa nada. Mira tú, de too ello, sólo me ha quedao la copla, esa copla de la Malquerida».
Y aquí precisamente está el quid, el sainete y el drama de una situación kafkiana, rocambolesca, y esperpéntica hasta el corvejón: que es tan grande lo que nos pasa, tal la avalancha de sinrazones, que llegan una de tras de otra, y son tan deletéreas que la última borra, automáticamente, la vigencia de las anteriores. En suma, que parece que ya no nos pasa nada. Llegar a esta conclusión tan chufletera como traumática es el gran triunfo del tirano Sánchez que piensa lo que cualquier tirano de la historia pasada y del presente: que la corrupción y la tiranía no son tales, si hay ciudadanos pasotas o hinchas que lo secundan.
Ante tifosis, turulatos y papanatas, nos han situado los acontecimientos políticos más explosivos de la semana pasada. Destaco únicamente tres de ellos: la consagración de Leire Díez como fontanera exclusiva de las aguas fecales, el inmaculado borrador de Inmaculada Montalbán para hacer constitucional la ley de amnistía, y la mamarrachada en Barcelona con la descosida Conferencia de Presidentes. Lo destaco únicamente a efectos copleros y esperpénticos, porque es lo único que cuenta en este gran «tablao» de programas corazoncistas en el que se ha convertido España. Como decía Raimunda, ya sólo estamos para coplas, y nada más.
El desplume público de la fontanera secreta de Sánchez –si no hay secretismo una fontanera no es más que una bajante de uralita a reponer cada dos por tres– ha sido celulítico, con bartolillos pasiegos y bollería rebosante. ¡Qué potencia argumental a la hora de tirar de la cadena: glugluglu plofplofplof! Y todo porque la fontanera tiene un capricho irrefrenable, uterino: escribir un libro de investigación en plan duroduroduro sobre la corrupción en los hidrocarburos. Por ello ha pedido la baja del partido: para que veamos frente a Aldama la verdad sanchista en un libro cerrado en el que no caben críticos, jueces o abogados.
La empanada de la Vicepresidenta de Conde-Pumpido en el Tribunal Constitucional es propia de la señora Raimunda de Benavente con copla y morcilla. Dicho sea con perdón de San Raimundo de Peñafort, patrono de los juristas. Oiga, que la señora se ha sacado de las puñetas o de donde haya sido –imaginamos que en el Tribunal Constitucional habrá también retretes donde aparcar la mierda–, que todo lo que no esté prohibido por la Constitución es rigurosamente constitucional. Una aberración sanchista que hace de la ley una silla para que sus posaderas sean «La loi naturelle», la ley natural, que decía Voltaire en un célebre poema.
La fantochada de la Conferencia de Presidentes –presentarse en Barcelona para que Pradales, Illa, Prohens, o Rueda, hablen diez minutos en euskera, catalán o en gallego, y para rendir a Sánchez pleitesía institucional y chanquetista-– no da más de sí ni constitucional ni política ni literariamente hablando para entenderse. Sólo cabe en la categoría de pasavolantes y marrulleros de pérgola. La gente no habla de Conferencia, sino de la reunión de los pinganillos, y se despacha con esta copla raimundesca, que sirve también para entender la gran manifestación de ayer contra Sánchez: Pinga pinga pinga/ nillo nillo nillo/ desde cualquier quilla/ hasta el carajillo. Y es que es tan grande lo que pasa, que ya no pasa nada.