Diario de Castilla y León
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Cuando el mundo de la enología y la viticultura pierde a un imprescindible queda el tañido de su ímpetu y su bondad. Se ha ido Luis Sanz, embebido por la humildad de la que estaba cincelado, pero con el viñedo alborotado de pena y la madera agrietada de congoja. Dehesa de los Canónigos no es sólo una bodega bruñida de gavias y barricas, es un hogar con forma de caserío, acurrucado en el Duero. A imagen y semejanza de la sencillez de Luis Sanz es cobijo de huevos con patatas y chanzas al rumor de la chimenea y el brío de Solideo, terciopelo de taninos y aromas. El recuerdo es inalterable. Del esplendor en la cepa y la gloria en la botella nos queda el legado de un legendario de Ribera de Duero. Luis Sanz era un bodeguero colectivo, expandido en Iván, Belén, Luis y Marta. Mari Luz es la plegaria en esa liturgia humana de vinos y gentes. La saga de los Sanz Cid, que reman armoniosos aguas arriba. Siempre remontando la risa, que es la espada más victoriosa. Pero Dehesa, también en una bodega, aunque no sólo. Es un ecosistema en el que Luis y los suyos trasladaron su forma de entender la vida. Hace tiempo que Luis Sanz se erigió en Gran Reserva. El emblema de la bodega. Convirtió la penitencia de 22 monjes en el milagro en transformar la tierra en vino, junto a las aguas de corazón de roble Duero; aguas de trago largo, de Urbión a Oporto, pasando por Dehesa. Amable como los caldos que templa y embrida Belén. Dehesa de los Canónigos es un hogar infinito, más extenso que el propio río y más generoso que sus aguas. Sin Luis merma el paisanaje de una generación irrepetible que transformó la estepa castellana en una sinfonía de tempranillo, madera y mostos. Una quinta imparable. Inimitable. Cuando pases por Pesquera, detente a escuchar el susurro calizo de las cepas. Sobre la ladera, el atardecer asoma sincero, como la perenne sonrisa de Luis Sanz, gigante del vino, bodeguero entrañable. No lloréis por el vino derramado.

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