Diario de Castilla y León

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Valladolid se rindió ante Joaquín Díaz y le distinguió con el máximo reconocimiento de Hijo Predilecto. Con este gesto los que habitamos la ciudad nos sentimos orgullosos de que engrose las filas de los personajes que nos hicieron la historia más agradable, más nuestra, más culta. Y esta vez le llegó la hora a Joaquín, el investigador, el músico, el etnógrafo, el compilador de la memoria y el que nos ha entregado su vida y su pensamiento. Desde la atalaya de la villa murada de Urueña ha capitaneado en silencio los sonidos de la tierra, los acentos, las viejas canciones y custodiado el romancero y la indumentaria del alma de los pueblos, de las gentes. Y es que Joaquín Díaz es de esos tipos que, si nos pidieran salvar unos pocos justos entre tanta barbarie y sordera, seríamos muchos los que encabezaríamos la lista con su nombre. Joaquín ha recibido prácticamente todo el palmarés en los foros culturales nacionales y, en especial, dentro de los campos de la música, el folclore, la etnografía y las humanidades, que saldamos a través del Premio Castilla y León. Tengo la sensación de que todos y cada uno de esos premios, honores y títulos fueron objeto de un consenso total y unánime de quienes correspondió destacarlo en cada momento, tiempo y lugar. Somos muchos, miles, los que le debemos a Joaquín esa dosis de respeto a la memoria y recibimos de él ese toque de atención ante las cuestiones que no deben aparcarse. Por mi parte, los hechos de Joaquín han sido el cimiento y el combustible para defender desde mi profesión la raíz, las raíces, y ese modo universal de abrir en carne viva a un territorio que traspasa las fronteras y le convierte en consulta obligada. Pero Joaquín Díaz, aunque él diga que es sólo un músico, es por encima de todo un científico de la memoria, un hombre que no se rindió ni se inclinó a ninguna orilla. Catalogó en su biblioteca el impresionante arcano de la memoria reciente, la que más peligro corre entre todas las memorias. Sabemos más de los romanos y de los celtíberos que de la vida de los pueblos de hace un siglo y medio. Conviene no alejarse mucho de su obra y huella, incluida la valiosa documentación etnográfica de la revista Folclore, no vaya a ser que lo necesitemos tarde o temprano. Joaquín tiene la llave del kit de supervivencia de nuestra cultura de interior. Por si fuera necesario volver a las buenas costumbres y rescatar viejos oficios y conductas más nobles de antes de la luz eléctrica. Quitando el Nobel de la Paz, por qué no, casi toda su ingente obra está reconocida, solo echo en falta una mayor presencia de su figura y obra en la totalidad de los museos etnográficos de toda la comunidad de Castilla y León y sus lindes.

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