Diario de Castilla y León

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DONDE PONGO VIVIDORES, que no es más que una lindeza del lenguaje para ir pasando, ponga el sinónimo que más le cuadre: sablistas, frescales, canallas, gorrones, parásitos, aprovechados, sacacuartos, o ladrones. No está bien que servidor, tan poeta, ponga títulos explosivos para que, antes de leerme, me tilden de facha o de pastelero, como mi vecina Carmina, que está de morros porque la he traicionado, dice, y ya no cito sus opiniones en estos «papeles de los lunes que sólo sirven para envolver el bocadillo». Vale, pero un respeto, Carminica. En cuanto me reponga de mis males, vuelvo contigo al rellano de la escalera.

Pero diga lo que diga mi vecina, en esto de escribir columnas sigo el ritmo que marcó Horacio –Oda 4– como práctica de un periodismo que vive del río revuelvo y del aquí te pillo y aquí te mato: «mezcla los consejos con una breve tontería –stultitiam brevem–, pues es dulce delirar de vez en cuando». Gran equilibrio, sin duda. Lo digo porque me he tragado el serial periodístico sobre el Cónclave, y esa medida ha saltado por los aires. Hemos oído y visto pocos consejos o verdades, frivolidades a cojón, ignorancias de cajón, magistrales tonterías políticas: habemus mendacem, que no Papam, para parar varios trenes.

Ternura me causó oír el comentario de un célebre vaticanista en torno al apellido del nuevo Papa Prevost, que vendió como una primicia inédita jamás escuchada y vista en televisión o en crónicas literarias. ¿De veras? La palabra Prevost o Preboste, procede del latín «praepósitus», que significa prepósito. Se usó en la Edad Media para designar a la persona que presidía o gobernaba una comunidad religiosa o entidad civil. Desde el siglo XVI fue de uso común en español hasta el siglo XX. Y claro, también ahora en el XXI por obra y gracia de este vaticanista obispable y despistadísimo, que de todo hay en la viña del Señor.

Pero ojo pirojo. Todo este juego mediático de palabras, de apariciones estelares, de milagros y de acontecimientos planetarios como bajados del cielo, forman parte del canon sanchunero de hacer política. Todo cuanto ocurre en la España progre –aunque los hechos sean más viejos que el mear–, en primer lugar, es novísimo e impoluto porque las buenas nuevas siempre son ciertas, y lo son aún más si se niquelan en la Factoría Frankenstein & Vividores de Estricto Derecho. Y en segundo lugar, nada de nada ocurre aquí si previamente no ha pasado por la grand túrmix catana con doble filo que tiene Sánchez en la Moncloa.

Impresionante cómo el tirano ha manejado los hechos y los silencios desde la muerte del camarada Francisco I –21 de Abril–, pasando por el gran apagón del 28 de Abril, y acabando con la elección de León XIV –el pasado jueves 8– que, también providencialmente coincidió con el bochornoso pleno del Congreso de los Diputados en el que fue sepultando «usque ad calendas graecas» –hasta que las ranas críen pelo– el gran apagón rojiverde. 17 días en los que la Providencia y lo religioso, en una simbiosis fraterna, parecían echar una mano –zumbaos los quiere Dios– a la política oportunista y tercermundista de Sánchez.

Pero nada tan mendaz y equívoco, pues de pontificado a pontificado las cosas pueden cambiar en menos de 24 horas la visión política de cualquier tiranía comunista, sanchista, o trumpista. León XIV es doctor en derecho canónico y, como agustino de pura cepa, en cuestiones de derecho se rige rigurosa y estrictamente –y no quepa la menor duda al respecto y es algo que veremos de inmediato– por lo que establece San Agustín en uno de sus célebres sermones, y en concreto en el número 9: «Dios quiere hacerte igual a Él, pero tú te esfuerzas en hacer a Dios igual a ti». Simple y abismal diferencia entre creador y criatura, señores míos.

Leyendo o escuchando en estos días las declaraciones al respecto del propio Sánchez, de su Vicepresidenta Yolanda Díaz, o de su todoterreno y ministro fardelero Bolaños, dan vergüenza. Dios parece muy poquita cosa, un mandado frente a unos políticos que se han acostumbrado a ser el muerto en el entierro de un Papa, los relatores de una historia política trufada de mentiras y de corrupciones pasmosas, los grandes electores en el Cónclave para elegir al sustituto de su Papa, y los grandes triunfadores en la elección del nuevo Papa señalándole por dónde deben ir las libertades del espíritu. Qué atrevimiento despendolado, qué caudillaje anémico.

Pues esta vez, barrunto, va a ser que no. La ideología quebradiza y corruptísima de Sánchez –lean si no sus WhatsApp que conocimos ayer por El Mundo en basura licuada– ya sólo está para apagones, para seguir engordado a su familia –una «organización criminal» según la UCO–, para seguir mintiendo a una ciudadanía como la española que, en su resignación agusanada –nos ha hecho a todos delincuentes–, ya no distingue entre el bien y el mal, víctimas y verdugos, verano e invierno. Se conforma con disfrutar de los puentes de Madison en gran pantalla, y poco más, y sin importarle que su democracia ha sido secuestrada por una banda de asaltantes y de vividores de estricto derecho. Es decir, que hacen las leyes a imagen y semejanza de sus ladronajes y tontolajes.

Este estricto derecho que ya ha impuesto Sánchez a la España invertebrada por la pata de abajo –el Tribunal Constitucional de Conde–Pumpido es ejemplo de esta faena licenciosa–, Cicerón, y concretamente en el primer capítulo de su libro De oficiis, lo denunció con la peor de las calificaciones en derecho civil por estar trufadas de rapiñas e inhumanidades: «Summum ius, summa iniuria». Traducido: el derecho más estricto es la más grande de las injusticias. ¡Muera la tiranía!

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