TIERRA ADENTRO
La pichula del limeño
ME LLEGÓ como a todos la noticia de un Vargas Llosa finado. Inevitable acudir a la rebusca de sus títulos y, con ese morbo tan humano, a su anecdotario, tan gustoso y asexuado, como su extraordinaria obra literaria. Me quedo con sus alusiones a la pichula, que es nuestra pilila en limeño. Miembro al que Mario sacó tanto brillo como a su incuestionable verbo escrito. Y por esas cosas que tiene el desorden de mi montaña salvaje de papel, algún día pasto del olvido y de las llamas -pobres libros míos que se irán sin ser abiertos y no por ganas-, encontré a Mario entre los libritos uniformados de la Básica de Salvat. Ante mí, Los Cachorros, de Vargas Llosa. El prólogo, del filólogo Joaquín Marco Revilla, quien aseguraba allá por los setenta que hasta la fecha era lo mejor publicado por el limeño. Y es que en esas ediciones que daban vidilla económica a las grandes editoriales y creaban nuestras primeras librerías caseras, el prologuista lo hacía con fundamento y su carta de presentación servía y sirve de aperitivo para todo lector hambriento. Y el de Arequipa, que ejerció de periodista, en Los Cachorros me abrió los ojos del oficio y del mundo truculento de las pichulas. Casi es lo primero que se aprende en el periodismo a la hora de discernir qué es noticia y qué no. Si un perro muerde a un niño, no lo es. ¡Anda que no nos han mordido de chiguitos! Pero cuando el niño es el que la da una dentellada al can, entonces sí. Aquí salta la pura noticia. Pues bien, esta teoría tan acertada me vino a la memoria cuando Don Mario recordaba una noticia periodística en una aldea peruana donde un perro había mordido a un niño de meses produciéndole la castración. Eso era más noticia aún. Y de ahí la fuente. El hilo de tirar. La literatura en estado puro que hoy llaman relato. Narrativa no más. Y así nació esta novela que cuenta la historia del pobre Cuéllar, que en el barrio de Miraflores y alrededores pasó a la historia con final trágico como “el pichula”. Porque un gran danés -nunca me cayó bien este perrazo- le arrancó de una dentellada sus partes al pobre Cuéllar. Literal y literario. Y esto desencadenó la máquina narrativa dando luz a un personaje atribulado desde la adolescencia, que al final tuvo que admitir ese apodo de “Cuéllar, el pichula”. Y como no quiero contarlo todo, ahí lo dejo para que conozcáis a la cuadrilla de Pichula a Choto, Chingolo, Mañuco y Lalo, entre otros amigos de los escolapios en ese escenario de infancia y adolescencia limeña entre amigos que me llevó a ojear El Camino, a atracar en el puerto de Shanti Andía y a volver sin complejos a Martín Vigil. Bendita adolescencia. Y en esto se me murió el papa, que ya está en el cielo. Y llegó el 23 de abril, o sea hoy, día nublado en Villalar. Sigo digiriendo ambas noticias.