Diario de Castilla y León
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«ENTELEQUIA». Aclaremos el término. Con esta palabreja el Ministerio de Transportes quiere dar el carpetazo al soterramiento del tren a su paso por Valladolid. Viejo litigio que viene de muy lejos. Pero el vocablo tiene truco, y no aguanta más politiqueos ni agravios comparativos. La palabra proviene del griego «en», que significa en; de «telos», que equivale a acabado;  y de «echoo», o sea tener algo. Por tanto, nada que ver con un proyecto ficticio, imposible de realizarse, propio de gente que piensa en las musarañas o que sueñan despiertos.

En su origen y, filosóficamente hablando, entelequia es todo lo contrario: refiere algo que está lleno de energía y que lleva en sí el germen de la perfección a la que tiende todo hombre normal. Sólo la corrupción del lenguaje nos ha llevado a todo lo contrario. Tal cual, señoras y señores.

Así que me parece muy bien –por no decir de puta madre– que el señor alcalde de Valladolid quiera hacer del soterramiento una realidad energética y llena de vida hasta que la integración de la ciudanía llegue a su perfeccionamiento. Y esto sea dicho como principio ético y moral. Como soy un ciudadano que vive justo en el límite donde se enfrentan dos modos de vivir –el de transitar sin las vías del tren en claridad y sin impedimentos, o el de vivir en los túneles para acceder al bien común sin ojos y atientas–, pues me rebelo.

Y añado: excluir a Valladolid del soterramiento es una sentencia condenatoria, discriminatoria, y tercermundista. La opción es clara: o se apuesta por ciudadanos que viven en la luz, o por los que viven a gatas en las toperas. A esta entelequia me agarro, pues no hay sentido más perfeccionista y constructivo para un hombre libre. El resto, es palabrería política, desvarío plenipotenciario.

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