Diario de Castilla y León

AGRICULTURA

El cereal afronta una campaña crítica

Los costes de producción, la caída de los precios en origen, la presión de los mercados internacionales y las condiciones climáticas están provocando una reducción histórica

Una máquina cosecha trigo en la localidad leonesa de Calzada del Coto, en una imagen de archivo.

Una máquina cosecha trigo en la localidad leonesa de Calzada del Coto, en una imagen de archivo.ICAL

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La campaña del cereal de invierno 2026 en Castilla y León ha arrancado marcada por una profunda preocupación en el sector agrario. A la tradicional dependencia de la climatología se suma un contexto económico adverso que amenaza la viabilidad del cultivo. Los agricultores afrontan una campaña condicionada por costes de producción elevados, precios en origen insuficientes y una creciente presión de los mercados internacionales. Todo ello está influyendo de manera decisiva en las decisiones de siembra y en la superficie finalmente implantada en el territorio.

Las organizaciones profesionales agrarias coinciden en que el cereal atraviesa uno de los momentos más delicados de las últimas décadas. La falta de rentabilidad se ha convertido en un problema estructural que ya no depende solo de una mala campaña concreta. «No se puede seguir perdiendo dinero», advierten los representantes del sector, que alertan de que el cultivo de cereal de secano está perdiendo atractivo incluso en las zonas tradicionalmente productoras de Castilla y León.

Desde ASAJA Castilla y León, su presidente Donaciano Dujo sitúa el origen del problema en la desconexión entre costes y precios. «Venimos de un año con una cosecha buena, pero con unos elevadísimos costes de producción», explica, subrayando que «incluso en un año bueno se ha comprobado que no se saca rentabilidad». Esta situación, según afirma, ha cambiado por completo la mentalidad de los agricultores a la hora de afrontar la nueva campaña.

El impacto de esta falta de rentabilidad se ha reflejado de forma inmediata en la sementera. «Eso ha hecho que en la siembra hubiese pocas granas de cereal de invierno», señala Donaciano Dujo, quien apunta que muchos productores han reducido superficie por precaución. En otros casos, directamente se ha optado por no sembrar, ante el temor de asumir unos costes que difícilmente se podrán recuperar al final de la campaña.

A este escenario económico se ha sumado una meteorología especialmente adversa durante el otoño y el inicio del invierno. Lorenzo Rivera, coordinador regional de COAG Castilla y León, explica que «la lluvia empezó muy tarde, casi a finales de octubre». Esta demora impidió realizar las labores previas habituales, lo que condicionó de forma decisiva el calendario de siembra en buena parte de la Comunidad.

Según detalla Rivera, la ausencia de precipitaciones en septiembre y octubre impidió preparar correctamente el terreno. «Como no llovió prácticamente nada, no habíamos podido hacer nada en el terreno», afirma. En condiciones normales, esas lluvias permiten adelantar trabajo, controlar malas hierbas y dejar las parcelas listas para la siembra, algo que este año no fue posible en muchas explotaciones.

Cuando finalmente llegaron las lluvias, lo hicieron de forma persistente y continuada. «Todas las semanas de noviembre, diciembre y lo que llevamos de enero ha llovido», relata el coordinador regional de COAG. Esta situación obligó a muchos agricultores a trabajar «entre borrasca y borrasca», entrando en el campo en ventanas muy cortas de tiempo y, en muchos casos, sin las condiciones adecuadas para una siembra óptima. Como consecuencia directa, una parte importante de la superficie cerealista se ha quedado sin sembrar. «Ha habido mucha tierra que se ha quedado por sembrar, sobre todo las más complicadas», explica Rivera. Según sus estimaciones, la reducción de superficie podría situarse «entre 80.000 y 100.000 hectáreas menos respecto a otros años», una cifra que tendrá un impacto notable en la producción final.

El secretario general de UPA en Castilla y León, Aurelio González, coincide en este diagnóstico y destaca que la falta de tiempo ha sido determinante. «En diciembre ya no se ha podido hacer nada», afirma, añadiendo que «en enero, en las zonas tardías como León o Burgos, tampoco se ha podido entrar». Para González, el calendario de siembra se ha visto claramente alterado por la sucesión de frentes lluviosos.

Esta situación llevará, según González, a una menor superficie total de cereal en Castilla y León. «Yo creo que va a haber bastante menos cereal sembrado que otros años», asegura, advirtiendo de que esta reducción no responde solo al clima, sino también a la falta de expectativas económicas que pesa sobre el sector desde hace varias campañas consecutivas.

Desde la Unión de Campesinos de Castilla y León (UCCL), Valentín García Fraile señala que muchos agricultores han optado por modificar sus planes iniciales. «Ante la brutalidad del tiempo, lo normal es que mucha gente lo deje para otros cultivos», explica. Entre las alternativas más habituales menciona el girasol, las leguminosas o el barbecho, opciones que requieren menos inversión y presentan un menor riesgo económico.

DIVERSIFICACIÓN

García Fraile apunta que «se oye hablar de una disminución en torno al 20 o 25 % respecto a otros años», aunque recuerda que los datos definitivos no se conocerán hasta que se cierre la tramitación de la PAC. En cualquier caso, considera que la tendencia es clara y refleja un cambio estructural en la planificación de las explotaciones cerealistas.

Dujo confirma esta evolución y explica que «el agricultor se está pensando mucho la siembra de cereal». Según detalla, «se está rebajando superficie y se está yendo a otros cultivos que gastan menos», una estrategia defensiva ante un escenario de incertidumbre que amenaza la estabilidad económica de muchas explotaciones familiares.

En cuanto al estado del cereal ya sembrado, las organizaciones agrarias describen una situación desigual. El representante de UCCL señala que «excepto en las zonas bajas, donde ya empiezan a encharcarse, el cereal aguanta bastante». No obstante, advierte de que la evolución dependerá en gran medida de cómo se comporte el tiempo en las próximas semanas.

El riesgo de encharcamientos preocupa especialmente en parcelas con peor drenaje. «Si sigue lloviendo, cada día se complicará más», alerta García Fraile, que teme que el exceso de agua acabe afectando al desarrollo radicular y, en consecuencia, al potencial productivo del cultivo en primavera.

Rivera advierte que «donde el agua se acumula en los hoyos, se ahoga la planta por estar tanto tiempo con tanta humedad». Esta situación se ha dado en muchas parcelas consideradas estratégicas por su alta fertilidad, lo que podría afectar directamente a la producción media de la campaña. Según Rivera, «precisamente en las tierras más productivas es donde vamos a tener pérdidas», lo que hace que la preocupación no sea solo cuantitativa, sino también cualitativa.

González señala que el exceso de agua perjudica al desarrollo radicular del cereal: «El exceso de agua al cereal le viene muy mal, porque la raíz no tira para abajo». Esto, añade, puede generar que «si luego llega una primavera seca, el cultivo se seque entero porque no ha enraizado bien». La combinación de lluvias tardías y saturación del terreno deja al agricultor en una posición delicada de cara a la gestión del ciclo del cultivo.

En este contexto, los costes de producción adquieren una relevancia decisiva. Dujo afirma que «los costes por hectárea en un cereal de secano están en torno a los 800 euros», lo que obliga a alcanzar rendimientos elevados solo para no perder dinero. «Hace falta producir unos 4.000 kilos solo para empatar», explica, subrayando la presión económica que condiciona cada decisión de siembra y abonado.

COSTES

García Fraile coincide en que la situación financiera es crítica: «Con precios de 200 euros la tonelada, si no pasas de 3.000 kilos por hectárea, no llegas a cubrir los gastos». Según él, esta realidad ha hecho que muchos agricultores reconsideren la inversión en fertilizantes y tratamientos fitosanitarios, buscando fórmulas para reducir costes sin comprometer completamente la producción.

Desde COAG, Rivera insiste en la dificultad de equilibrar los gastos con los ingresos: «Los fertilizantes han pasado de 300 euros la tonelada antes de la guerra a 500 o 600 euros ahora». Añade que «el cereal se está vendiendo a menos de 200 euros», lo que califica de «trabajar a pérdidas campaña tras campaña». Estas cifras reflejan un panorama de rentabilidad insuficiente que amenaza la continuidad del cultivo.

El mercado sigue ejerciendo presión sobre los agricultores. García Fraile explica que «la cebada está en torno a 185 euros y el trigo sobre 195», precios que no reflejan los costes reales de producción. González, por su parte, considera estos valores «ridículos» y asegura que «necesitas las primeras cuatro toneladas solo para pagar gastos», lo que deja muy poco margen de beneficio.

Dujo subraya la importancia del contexto internacional: «Ucrania está invadiendo el mercado a bajos costes para pagar la guerra», lo que genera «la tormenta perfecta: altísimos costes y bajos precios». Este fenómeno ha incrementado la presión sobre los mercados internos, dificultando que los productores españoles puedan competir en igualdad de condiciones sin apoyo regulatorio.

«España es uno de los países que más cereal está importando de Ucrania», Rivera añade, mientras que otros socios europeos apenas compran. Esta situación, explica, provoca «un claro desequilibrio en el mercado interior», con consecuencias directas sobre los precios y la planificación de las explotaciones en Castilla y León, que ven reducida su capacidad de maniobra.

El papel de la PAC sigue siendo relevante, pero limitado. García Fraile señala que «la PAC ayuda, pero no es la rentabilidad; la rentabilidad viene del precio». Dujo coincide y subraya que «si no hay rentabilidad en la producción, la ayuda de la PAC no es suficiente para mantener las explotaciones», mostrando así la insuficiencia de los subsidios frente a los problemas estructurales del sector.

La falta de perspectivas económicas ha llevado al sector a movilizaciones en varias provincias. En la misma línea, González explica que «estamos denunciando que este es el problema más grave que tiene Castilla y León» y añade que «así no se puede aguantar». Según él, las manifestaciones reflejan la creciente frustración de los agricultores ante una situación que se repite campaña tras campaña.

Por su parte, Rivera subraya la fatiga del sector: «Trabajar a pérdidas un año y otro acaba desanimando», y alerta de que, si no se producen cambios estructurales, «muchos agricultores podrían abandonar el cultivo». Para Coag, la sostenibilidad del cereal depende de ajustes regulatorios que permitan equilibrar precios, costes y condiciones de mercado.

Desde Asaja, apuntan que el sector agrícola se enfrenta a un futuro incierto si no cambian los fundamentos económicos que existen hasta el momento. «Si esta situación no se corrige, muchos agricultores decidirán no sembrar cereal», advierte. Esta decisión afectaría no solo al volumen producido, sino también a la seguridad alimentaria y al tejido rural de Castilla y León.

LÍMITE

En términos de superficie, la reducción prevista ya se deja notar. González asegura que «hay mucha menos superficie sembrada que en años anteriores», especialmente en las zonas de secano donde el coste de producción y los riesgos climáticos son más elevados. Para el representante de UPA, esta caída puede alcanzar cifras significativas si las lluvias continúan complicando las labores de campo.

García Fraile indica que el cambio de cultivos es una tendencia creciente. «Muchos agricultores están optando por girasol, leguminosas o barbecho», explica, destacando que estas alternativas requieren menores costes y aportan cierta seguridad económica. «La superficie de cereal se está reduciendo, mientras otros cultivos ganan terreno», añade, confirmando un cambio estructural en la planificación agrícola.

Rivera explica que esta sustitución responde a una lógica económica inevitable: «Evitas gastos de fertilización y a la vez tienes un cultivo con mejor precio, como las legumbres o el girasol». Según comenta, esta estrategia permite amortiguar la presión financiera, aunque implica reducir la oferta de cereal y depender de importaciones externas para cubrir la demanda interna.

Dujo hace hincapié en la necesidad de producir más con menos inversión: «Hay que obtener muy buena producción para empatar, no para ganar». La presión sobre los agricultores, afirma, se incrementa con cada campaña, puesto que los costes suben, los precios se mantienen bajos y el margen de maniobra se estrecha cada vez más, generando una notable preocupación por la sostenibilidad del sector.

En definitiva, el cereal refleja la combinación de factores climáticos adversos, elevados costes de producción, precios en origen insuficientes y la presión de los mercados internacionales. Los representantes del sector agrícola coinciden en que estas circunstancias están condicionando las decisiones de siembra, provocando una reducción de superficie y generando un fuerte desánimo entre los agricultores.

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