MINA ESPERANZA (BURGOS)
Desciende, audaz viajero
De las entrañas de Olmos de Atapuerca emerge un nuevo atractivo: la primera mina industrial navegable del país, donde paisaje subterráneo y elementos fantásticos ofrecen una experiencia sensorial

Detalles aguardan al visitante en cada recodo del camino, pensados todos para estimular los sentidos e invitar a la calma, que es lo que domina el ambiente.
Verne tiene la clave. Su imaginario sirve de brújula y tienta a dejarse llevar a quien se asoma. 'Desciende, audaz viajero', clama, como lo hacía el enigma de su célebre novela para avivar la curiosidad y desatar la aventura. Porque la belleza, en este caso como en tantos, guarda en el interior. Allá donde el susurro del agua reclama presencia, allá donde es posible surcar las entrañas de las tierras burgalesas sobre las que descansa el pequeño municipio de Olmos de Atapuerca, custodio de un tesoro esculpido en su momento a golpe de sudor. Descendían entonces los trabajadores consagrados a Santa Bárbara por donde hoy familias enteras se dirigen de cabeza al disfrute, ahora multiplicado tras la apertura de una nueva dimensión que convierte a Mina Esperanza en la primera explotación industrial navegable del país y, al mismo tiempo, trasunto de los mundos del escritor francés.
En su obra se inspira precisamente el citado llamamiento, que apela a avanzar: «Desciende, audaz viajero, y / alcanzarás el centro de la tierra. / La Mina de la Esperanza se abre, la cual / el noble Matagrande sostuvo. / En las calendas de julio, antes de que la sombra / de Matagrande caiga, / el camino al centro de la tierra se te revelará». Ni falta hace esperar a que reine el verano para adentrarse en el corazón de un enclave en marcha desde hace más de una década. Una cita previa en reservas@minaesperanza.com basta para que el periplo arranque. En grupos reducidos, como máximo de doce personas, los valientes que aceptarán el reto subirán a las barcas (cuatro en total, en turnos de media hora) dispuestas en el nivel menos tres de la mina. Arriba quedan los restos de su antiguo destino durante los siglos XIX y XX, que dan paso a una travesía fantástica. El recorrido real apenas comprende doscientos metros, pero se requieren los treinta minutos disponibles para dejarse llevar y disfrutar del paseo con calma.
Atrapan al explorador los detalles dispuestos por Eduardo Cerdá, responsable de la empresa que gestiona el espacio, Ociosfera, empeñado en extraer la magia del lugar como antaño los mineros arrancaban el hierro de sus paredes hasta los años setenta. «La idea es recrear cómo era la Tierra cuando aparecieron las primeras formas de vida y unificarlo con la fantasía de Verne para que la gente no solo vea la mina, sino que viva una experiencia diferente. Esta es una primera fase, pero la intención es crecer y añadir más elementos para que el recorrido sea cada vez más completo», avisa, satisfecho con lo logrado para empezar. El desarrollo pleno de la iniciativa requerirá una inversión considerable, en torno a los 100.000 euros. En el horizonte se perfila la declaración como Bien de Interés Cultural (BIC), por la que Cerdá peleará, asegura.
Hongos, luces de neón que revelan presencias desapercibidas de otro modo, árboles resplandecientes y todo una monarca del que mana agua cristalina para degustar, literalmente. Porque el elemento líquido es la razón de ser de esta propuesta, y marca la diferencia. Procede de los mismos manantiales que alimentan la Fuente histórica del Rey que emerge en el municipio de Rubena. Brota, pues, del propio subsuelo y da forma a ese paisaje interior que oscila entre lo real y lo sugerido, ya sea en el leve movimiento de las barcas o en surgencias que se asemejan a un géiser. Su presencia utiliza un hilo conductor de la visita y refuerza la sensación de estar en un entorno vivo.
Sobre esa base real se superpone una capa narrativa que, como pretende Cerdá, transforma la visita en algo más que un recorrido geológico. Los ambientes húmedos, la escasa luz, las formas vegetales primigenias se confabulan con elementos que remiten a un universo fantástico en el que la fosforescencia o la evocación del firmamento en determinadas galerías cobra un tinte poético. Ciencia y ficción conviven y tientan a la imaginación.
Financiada gracias a una línea de ayudas inédita dirigida a empresas del sector concedida por la Consejería de Cultura (de la que este proyecto fue el único beneficiario de la provincia), la recuperación de este espacio no ha sido inmediata, ni mucho menos. «Buena parte de las galerías permanecían colmatadas por los propios mineros, que durante años fueron acumulando en ellas el material sobrante de la explotación», explica Cerdá. Reabrir el recorrido, siempre bajo la tutela técnica de la Universidad de Burgos, responsable de topografiar la zona y determinar la seguridad de los pasos, exigía limpiar y trabajar con precisión en aquellos puntos donde la mina aún ofrece continuidad, en un equilibrio constante entre intervención y respeto por la estructura original.
Más allá del tramo navegable, Mina Esperanza permite recorrer galerías secas -donde aún reposan vagonetas y raíles originales, carbureros, entibaciones y barrenos-, antiguos espacios de trabajo y zonas iluminadas con faroles de quesoseno en las que todavía se percibe la huella de la explotación de hierro, plenamente activa desde 1853 hasta 1974.
Todo ello, además, en un entorno que suma atractivo por sí mismo. Sin ir más lejos, Olmos de Atapuerca está cerca de los yacimientos de idéntico apellido y de los centros de visitantes vinculados al que es uno de los enclaves arqueológicos más relevantes de Europa, lo que refuerza su potencial como destino vinculado al turismo cultural y de naturaleza. He ahí el hueco en el que quiere reivindicarse este espacio recuperado.
Completada la experiencia inmersiva, el regreso a la superficie exige remontar, con tiento, los 55 escalones que conducen de nuevo a la luz. Este ascenso cierra el trayecto, aunque, como en los libros de Verne, la sensación de haber recorrido otro mundo perdido.