BODEGAS RUDELES. PEÑALBA DE SAN ESTEBAN (SORIA)
La alargada sombra de Abundio Rupérez

Javier Rupérez dando la espalda a las instalaciones de la moderna bodega de Rudeles con su pueblo Peñalba de San Esteban al fondo.
Nunca agradeceremos lo suficiente lo importante que fue que la cooperativa de San José, en San Esteban de Gormaz, se pusiera en marcha hacia los años 60. Fue lo que salvó todos los viñedos de la comarca que encontraron una salida para sus uvas. Los que quedaban. Ha pasado el tiempo y, aunque parezca mentira, esa cooperativa soriana fue la madre y la que sostuvo los majuelos para que hoy una veintena de pequeñas bodegas sigan su ejemplo dentro de la Denominación de Origen Ribera del Duero. Pocas veces se encuentra uno en este rocambolesco mundo del vino repleto de argucias marquetinianas y banderas que ondean en tierras sin raíces con una bodega que reúne prácticamente todo lo que significa: compromiso, raíz, vínculo y herencia cultural. Rudeles saltó a tiempo y entendió que había que poner en valor un paisaje cultural y demostrar que la implicación de una familia es una realidad. Los Rudeles están en Peñalba de San Esteban, un trocito de corazón soriano del Duero. Cuatro son los que encabezan la lista, pero detrás, una familia extiende sus tentáculos en varias generaciones y todos sienten orgullo por lo que han conseguido en su pueblo. Abundio Rupérez nunca dejó de elaborar el vino para casa y no quiso descepar los majuelos como era habitual. Socio fundador de la Cooperativa de San Esteban de Gormaz, sus hijos vendimiaron y podaron incluso después de que ya acabados sus estudios trabajaban a muchos kilómetros de distancia del pueblo. Antonio Rupérez se quedó con la labranza; Javier Rupérez, sin abandonar su trabajo como ingeniero industrial, no dejó de mirar nunca hacia atrás; Marcos Espinel y Juan Martín del Hoyo, también miembros de la familia, cierran el cuarteto que puso en marcha un proyecto vitivinícola moderno, bien planteado, con instalaciones atractivas y suficientemente dotadas de tecnología e infraestructura para visitantes y, todo ello, sobre la base de un planteamiento vitícola impresionante.
Javier, que junto a Antonio abandera la producción, asegura que la clave de todo estaba en las parcelas de cepas viejas y en haber logrado en tan solo veinte años mantener alrededor de 26 hectáreas de viña en las que la mitad tienen en torno a 30 años y el resto pasan de 90. Y es que los Rupérez supieron salvaguardar los majuelos de su pueblo, el de los Huevos, los Cacharros, los Arenales, la Nación, el Cerro del Cuberillo, entre otros. Viñas diseminadas por el término municipal de Peñalba de San Esteban a los que se unen las nuevas viñas en Atauta, San Esteban, Soto, y, por supuesto, en el pueblo. Y con esta materia prima son capaces, cuando los años vienen bien, de producir en torno a las 100.000 botellas de vino por ahora. Siempre amparados por la DO Ribera de Duero. Si ya la familia es un éxito, el carácter que imprime el suelo a la vid soriana es otro. El acierto que ha contribuido a definir la personalidad sensorial de sus tintos, rosados y blancos ha sido poner en manos de la enóloga catalana Roser Amorós la definición de los vinos y las prácticas enológicas desde que iniciaran sus pasos a principios de los 2000. Roser ha entendido esta parte del Duero y junto a Jorge, el bodeguero, y Antonio han sabido mantener los blancos de la uva de albillo, los rosados modernos cargados de fruta y golosina y los tintos de tempranillo bien armados, respetando el potencial primario y el tiempo medido en las ochenta barricas bordelesas de roble francés con una media de edad de 2 o 3 años. Roser viene del Priorat, donde alterna su actividad profesional como enóloga, y ha entendido en el Duero la carga polifenólica, el efecto de los contrastes sobre las viejas cepas y esos suelos de arcilla soriana. De ahí que los tintos Rudeles estén entre las referencias del Duero y se exporte el 40% de la producción. Una bodega soriana que impacta por su estampa actual y su emplazamiento en espacio rural soriano. Chapeau.