BODEGA VEGA CLARA
Una historia de vino y coraje

Un primer plano de Clara rodeada de duelas francesas, que son su armadura de roble, en su nave de crianza en Quintanilla de Onesimo.
Hoy saldo con Clara una asignatura pendiente después de más de veinte añadas de recorrido exitoso en el mundo del vino como bodeguera, viticultora y enóloga. Confieso que tuve mis dudas de la joven Clara sobre si lograría su sueño contra viento y marea. Me equivoqué. Mirando al Duero, entre encinas y almendros en una ladera de Quintanilla de Onésimo, construyó su bodega propia, adquirió viñedos en la Ribera y plantó viña. Hoy sus marcas están consolidadas y más del 80% de sus vinos se exportan desde hace casi 15 años. Consiguió el diferencial tan buscado, tuvo buenos padrinos que la asesoraron al inicio. Con todo ello se explica el resultado de prácticas culturales y enológicas y el acierto en los procesos de fermentación y crianza elegidos para cada vino. Su tinto principal Mario, que mantiene sus registros intactos con su punta de cabernet; sus tintos Jilgueros y Díez Almendros, y el nuevo blanco Nala que, entre otros, marcan la inquietud por la búsqueda de matices y expresiones táctiles y series aromáticas entre complejas y sutiles. Y su ribera D’ACAN Vega Clara el proyecto más personal donde vuelca toda su ilusión y vocación por el vino en algo muy especial. El 100% de los beneficios que se obtiene de la venta de D’ACAN Vega Clara son donados a la Fundación DIABETES RESEARCH INSTITUTE en Miami, Florida, USA. Un centro de investigación que está centrado en hallar una CURA BIOLOGICA para la Diabetes Tipo 1. Diabetes que padece su hijo Mario desde los 13 meses de edad. Algo que Clara acentúa en todas sus manifestaciones, catas, actos y soportes digitales. Lo de su hijo es un gesto brutal de solidaridad, un rasgo de madre, de compromiso, ternura y perseverancia.
Volvamos a la realidad que define su proyecto de 12 hectáreas de viñedo, más-menos, la mitad en vaso, y entre todas una media 40 años. “Las hay más viejas”, apunta. Unas 60.000 botellas con DO Ribera de Duero al año y un parque de barricas con bordelesas, botas de 500 litros y depósitos de hormigón. Y un huevo. Ese es el taller enológico donde cuece el vino, que bien controlado hace la maloláctica al abrigo de un suelo templado y se afinan los vinos en un guiño al cemento de antaño. Eso sí, las duelas, casi todas galas. Y es que su madre, que es francesa, le enseñó que el terroir era algo más que un trozo de tierra. Su tío, mi recordado amigo Antonio Concejo, la llevó de la mano a la vendimia, al lagar, a la prensa y a conocer el milagro y la metamorfosis del mosto dulce en vino seco. Todo unido a un vínculo familiar con la tierra de Cigales. Ese fue el inicio de esta chica obstinada, que aprendió a podar y a trasegar y a estar atenta a la mirilla del refractómetro. Y siempre con respaldo de casa. Me lo contaba su padre, Mario Concejo, que hoy tiene la etiqueta principal de la Bodega Vega Clara y un nieto con su nombre. Y ahora escribo contando su historia reconfortante, nacida de esfuerzo y de un coraje que, con el tiempo, saltaría de la poda y la venta de vinos, de los créditos e inversiones, al plano personal y la defensa del pequeño Mario. En otro orden de cosas, los inicios de Clara me trasladan a las páginas de la novela de la escritora tudelana Mayra, La historia de Carla, una trilogía que eligió ese mismo Duero para un relato lleno de sensaciones, amores y tragedias entre líneos de vides. Pero eso es otra historia literaria que por desgracia desconocen los del vino y las del vino en la Ribera. Su formación en económicas siempre le vendrá bien a Clara, pero su paso por INEA y su Ingeniería Agraria fue la que la llevo a la viña y al lagar. La conocí cuando se empeñó en elaborar su propio vino. La he seguido de lejos. Hace unas horas cataba junto a ella y escuchaba su bello relato sensorial. Una mujer, un vino y una bodega para tener en cuenta y seguir su pista como empresaria y como luchadora para que le investigación cure a muchos niños. Brindo por todo ello.