Diario de Castilla y León

SANIDAD

El trastorno que quita al sueño a más de 67.000 personas en Castilla y León

Los casos de apnea del sueño aumentan en 20.000 en un lustro, con los hombres de más de 55 años como principales afectados

"La máquina CPAP cambió mi vida. Por fin tuve un sueño reparador", apunta un paciente

Eduardo González con su máquina CPAP utilizada para tratar su apnea del sueño

Eduardo González con su máquina CPAP utilizada para tratar su apnea del sueñoE.M.

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Valladolid

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Entre los recuerdos de Ginés aún se mantiene grabado su viaje a Sudamérica. Ocurrió hace 25 años, no fue una escapada para ver playas paradisiacas, sino una cuestión de trabajo, pero se acuerda hasta de la hora a la que salió de Madrid para volar al otro lado del charco. Fueron 13 horas de viaje para llegar al país y empezar su rutina sin descanso hasta que llegó la noche. Agotado, logró dormirse con facilidad. No obstante, el sueño se tornó en una pesadilla después de que una obstrucción respiratoria le despertase. «No podía respirar. Pensé que me podía morir», rememora, esquivando ese fatal episodio tras realizar unos ejercicios de respiración y torácicos. Lo que acababa de sufrir era una apnea del sueño, un trastorno que ya sospechaba padecer pero que fue un aviso de que necesitaba un tratamiento, el mismo al que se someten actualmente más de 67.000 personas en Castilla y León.

El nombre dado a este trastorno no engaña a nadie, caracterizado por las interrupciones –completas o parciales–de la respiración durante el sueño y que pueden durar desde segundos a minutos, u ocurrir más de 30 veces por hora. Los episodios repetitivos de apnea llevan a sueños fragmentados y despertares frecuentes, como era el caso de Ginés Sabater, médico y paciente diagnosticado con apnea obstructiva del sueño, a quien poco a poco le fue cambiando la vida sin darse cuenta por esas interrupciones al dormir, tanto desde el ámbito profesional como personal.

La «falta de descanso» durante las noches de Ginés tuvieron sus consecuencias durante los días, con el principal síntoma de somnolencia diurna que le empezó a repercutir en su propio trabajo, con menos concentración ante el ordenador, repitiendo varias veces cualquier tarea a la que se enfrentaba. «Para hacer lo mismo, tardaba más. Y esto conllevó finalizar mi jornada más tarde, ir más tarde a casa y tardar en ir a la cama para evitar que mi ronquido molestase a la familia. Era atronador», explica. Unos sonidos roncos que los sufrió con mayor intensidad su mujer, con algún susto que otro por los momentos en los que Ginés se quedaba sin respirar. «Siempre decía que creía que me iba a morir asfixiado», recuerda.

En el caso de Eduardo González también fue su pareja quien sufrió ese terror sonoro que tornaba en dosis de preocupación por su bienestar. Frente al «estrés profesional» que Ginés pensaba que le impedía conciliar correctamente el sueño, este segundo paciente relacionaba sus malas noches en la cama a su condición de «fumador» y sus episodios de «ansiedad». Y con el insomnio, su forma de ser cambió, afectándole también a su trabajo. «De no descansar me sentía muy irritado y de mal genio. Y mi empleo es de cara al público, entonces no era la mejor situación», reconoce.

Pese a todos los síntomas que uno y otro afectado reunían, ambos eran reacios a buscar una ayuda profesional, mientras intentaban hallar las respuestas a sus trastornos del sueño por su propia cuenta. «Yo eché toda la culpa a mi peso. Sobre todo al aumento de la talla del cuello de la camisas. Pasé en poco tiempo de una talla 38 a una 46, que no es poco», detalla Ginés, lo que le impidió hacer deporte con normalidad e, incluso, realizar vida en familia. Y aunque su estado de ánimo no cambió, sus relaciones personales se vieron afectadas. «Pasé a ser una persona obesa, dormilona y sin vida. Eso me hundió», añade al respecto.

Ginés leyó mucho sobre sus síntomas, pero fue el empujón de sus amigos el que llevó a pedir una consulta con su médico para que diese con la clave de su falta de descanso nocturno. Con Eduardo pasó algo parecido, pero en su caso con la insistencia de su mujer. Y tras un sencillo test de apnea del sueño, los resultados fueron positivos: ambos sufrían el trastorno.

«Ya lo sabía yo», dijo Ginés en el momento en el que recibió ese diagnóstico. Y es que tanto él como Eduardo encajaban en cada uno de los parámetros asociados con las personas propensas a sufrir apnea del sueño: ser hombres, adultos mayores y con sobrepeso. No obstante, este trastorno puede presentarse en personas delgadas, niños e incluso deportistas. En las mujeres, además, la presentación puede ser menos típica y manifestarse como cansancio, insomnio, cefalea, alteraciones del ánimo o deterioro cognitivo, lo que puede retrasar la evaluación.

Los datos recopilados por la Consejería de Sanidad, al menos, coinciden con los factores de edad, ya que de las 67.806 personas diagnosticadas a 31 de diciembre de 2025, tres de cada cuatro tenían más de 55 años. De hecho, la franja entre 55 y 64 años es la más frecuente, con 17.908; seguida de la de entre 45 y 54, con 16.845; entre 65 y 74, con 10.977; entre 35 y 44, con 9.862; entre 0 y 14, con 3.907; entre 24 y 34, con 3.678; entre 75 y 84, con 3.583; entre 15 y 24, con 716; y con 85 o más años, con 330.

De esos 67.806 casos, también hay diferencia según la provincia, con Valladolid a la cabeza con 17.949 pacientes con apnea del sueño. Por detrás se sitúa la gerencia de Burgos (10.322), de Salamanca (9.750), de León (5.921), de Palencia (5.741), de Zamora (4.398), de Segovia (4.005), de Ávila (3.608), de Ponferrada (3.128), y de Soria (2.984). Datos en global que, comparado con cinco años atrás, son cerca de 20.000 más diagnósticos, con una prevalencia que evoluciona del 2,06% al 2,88% en el conjunto de la Comunidad.

Independientemente de la región, sexo o edad, el tratamiento de la apnea del sueño no difiere, siendo el más habitual y eficaz el uso de un dispositivo de presión positiva (CPAP), que inyecta aire en nariz –o nariz y boca– a una presión suficiente como para evitar que el paladar blando colapse u obstruya la vía aérea superior.

Ginés recibió el CPAP en tres semanas y pudo comenzar un «cambio radical» en su salud. «La máquina cambió mi vida. Desde la primera noche sentí por fin un sueño reparador», refleja con entusiasmo, detallando a su vez que utiliza la máquina en el 80-90% de las noches, pero siempre si se encuentra en casa. Y frente a su complejidad de uso, él desde la coordinación de Asenarco (Asociación Española del Sueño) resuelve cualquier duda sobre cómo colocar las mascarillas y evitar fugas en los primeros días de uso.

Por su parte, Eduardo tuvo más ‘suerte’ al recibir el CPAP en sólo cinco días. Pero fue tener el dispositivo enganchado a su cabeza y empezar a cambiar su estado de ánimo, pese a lo incomodo que puede resultar. «El primer día es diferente, pero cuando ves que tienes la posibilidad de dormir del tirón y con calidad, es como soñar», expresa este paciente.

Aunque con está máquina prácticamente está garantizado un descanso reparador, con muchos casos con un tratamiento de por vida, Ginés advierte que si el uso del CPAP no viene acompañado de hábitos saludables, el bienestar total no va a conseguirse. «Aplicar lo que el doctor Gregorio Marañón decía: poca cama, poco plato y mucha suela de zapato. Es decir, caminar diariamente, comer de forma comedia y todo tipo de alimentos conteniendo el abuso calórico y hacer ejercicios de fuerza. Eso es lo más duro al principio. A veces se cae, pero es el modelo a seguir (...) El CPAP te permite descansar y tener un sueño reparador, pero sólo con eso no vale. Hay que tener una dieta equilibrada y hacer ejercicio. No importa la edad», concluye.

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