Diario de Castilla y León

Derecho a morir dignamente

La burgalesa Judit revive la muerte de su padre por ELA: «No llegó a ver tramitada su solicitud de eutanasia»

Judit González, hija de un enfermo de ELA, demanda «voluntad política» para que se establezca «un sistema eficiente» en la prestación

Judit González durante su comparecencia ante los medios. DMD

Judit González durante su comparecencia ante los medios. DMD

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Valladolid

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«El caso de mi padre nunca aparecerá en la base de datos de solicitudes de eutanasia de Castilla y León ni de España, porque jamás se le asignó un número de expediente». Con estas palabras Judit González Barcina, hija de un solicitante de eutanasia residente en un pueblo de Burgos que falleció de ELA sin que llegaran a escucharle, denunció este jueves la situación burocrática de la asistencia a la eutanasia, que en la mayoría de los casos no llega a prestarse por los muchos escollos que los peticionarios encuentran en el camino. Judit explicó su caso con motivo de la presentación por parte de la asociación Derecho a Morir Dignamente, de los datos del último informe sobre la prestación. «Nunca logramos entregar siquiera el primer formulario de solicitud», remarcó.

«Antes de entrar en la residencia, incluso antes de saber que padecía ELA, mi padre dejó claro en su testamento vital que el día que dejara de ser él mismo, no quería seguir viviendo. Era su decisión tomada con lucidez y determinación. En una fase avanzada de la enfermedad, tuvo el valor de comunicárselo personalmente a su médica especialista, que nos indicó que debíamos hablar con el médico rural asignado a la residencia para iniciar el proceso», añadió.

Fue ese el momento en que «comenzaron los obstáculos». La familia habló con la directora de la residencia y «se vio sobrepasada por el proceso de eutanasia», aseguró Judit. «Debía llamar al médico para entregarle la solicitud que mi padre había rellenado». Sin embargo, «El médico nunca se presentó. Nosotros mismos tuvimos que llamarlo bajo cita telefónica. Nos dijo que era objetor y que la familia deberíamos haber ido a hablar con él en persona, infantilizando la voluntad de mi padre».

Ese médico, «con muy poco tacto añadió: 'No es que quiera quitarme el muerto de encima, pero no tengo ni tiempo ni conocimientos para hacerlo'. Le informé que era su obligación iniciar el trámite, pero viendo su poca voluntad, le comuniqué que hablaría con la especialista para que se encargara ella del caso, agilizando así el proceso». Así, la familia tomó otro camino, decidida a hacer cumplir la voluntad del padre de Judit. «Unos días más tarde pudimos hablar con la especialista, pero ella, sin informarnos directamente, no recogió el formulario y derivó el caso a un equipo de técnicos para la designación, entendemos, de un médico responsable».

Sin embargo, ese equipo de técnicos «nunca se puso en contacto con la familia». Ante ese silencio, la familia decidió contactar con la Comisión de Garantía y Evaluación de Castilla y León para saber si ellos sabían algo del caso: «Nos devolvieron la llamada un día después del fallecimiento de mi padre», lamentó Judit en su comparecencia ante los medios de comunicación, sin poder contener las lágrimas.

«Perdimos 24 días intentando iniciar un trámite al cual tenía derecho por padecer ELA. Una enfermedad terminal que aproximadamente en un año se lo llevó», continuó relatando Judit. «El viernes 28 de noviembre de 2024 mi padre nos llamó. Ya no tenía fuerzas para hablar, no se le entendía, pero no hacían falta palabras para sentir la desesperación de alguien que sufre cada minuto de su vida. Me desgarré por dentro al decirle, con lágrimas en los ojos y la voz rota, que estábamos haciendo todo lo posible, pero que nadie quería hacerse cargo de su caso. En ese momento estoy segura de que él lo entendió, que no iba a recibir ayuda».

«El fin de semana siguiente se despidió de la familia que le visitó y el 1 de diciembre se acostó como cualquier otro día. Murió esa noche solo. Algo que con voluntad política y un sistema eficiente jamás debería haber ocurrido».

«Debemos aprender a empatizar, a ponernos en la piel de los pacientes y de la familia que los acompaña. Todos merecemos poder morir siendo nosotros mismos y no vivir atrapados en un cuerpo que ya no refleja a quienes fuimos», concluyó

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