VITIVINÍCOLA
Burgos brinda con Carmelo Rodero, la pasión por el vino continúa
María y Beatriz, segunda generación al frente de esta bodega ubicada en Pedrosa de Duero, encabezan un legado familiar que inició su padre en 1991
Beatriz y María Rodero, segunda generación al frente de Carmelo Rodero
El filósofo alemán Friedrich Hegel afirmaba que la pasión es el motor fundamental en el mundo, y que está detrás de cada gran acción que llevamos a cabo. En 1991, el joven viticultor Carmelo Rodero decidió apostar por la suya: la viticultura. Inició así un proyecto dedicado a la elaboración de vinos en pleno corazón de la Ribera del Duero, en un entorno donde vino y legado se dan la mano. El sueño de Carmelo Rodero no dejó de crecer, y 35 años después, y con su segunda generación al frente, cuenta con una explotación de 170 hectáreas y sus vinos tienen presencia en todo el territorio nacional así como en numerosos mercados exteriores.
Carmelo y su esposa Elena fueron los encargados de iniciar este camino que hoy continúan sus hijas María y Beatriz. Una transición que ellas mismas aseguran que ha sido “muy natural y fluida”, ya que lo han mamado desde bien pequeñas y llevan en la sangre el amor y la pasión por el mundo vitivinícola, informa Ical.
Beatriz se encarga de la parte más técnica como la elaboración de los vinos y la atención de los viñedos, mientras que María está enfocada en el ámbito más comercial. Un tándem muy bien coordinado que además sigue contando con el apoyo de Carmelo. “Él sigue totalmente activo y siendo partícipe de todo”, señala María Rodero.
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Ambas recuerdan con mucho cariño los orígenes humildes de esta bodega. Su familia, natural de Pedrosa de Duero (Burgos), ha estado siempre muy vinculada a la agricultura y así dio comienzo su historia. Por aquel entonces, los Rodero contaban con algo de cereal, unos animales y unos majuelitos, y la viña como tal no era el foco de su producción. Sin embargo, buscando mejorar la situación familiar, Carmelo decidió empezar, “de forma tímida”, con el cultivo del viñedo y poco a poco fue cogiendo más y más cariño al oficio de la vid.
Poco a poco, el negocio fue creciendo, y cuando contaba con unas 45 hectáreas, decidió dar el salto, logrando en 1991 sacar al mercado su primera cosecha e iniciando una “carrera de fondo”, buscando siempre la calidad y “diferenciándose un poco del resto tanto en el cuidado de los viñedos como en los procesos de vinificación”. “Ha sido una reinversión constante hasta llegar al punto en el que estamos ahora mismo”, afirma María Rodero. Con 170 hectáreas de viñedo repartidas en diferentes pueblos aledaños a Pedrosa, y destacando también por sus innovaciones, dado que hoy es una de las pocas bodegas que elabora el cien por cien de los vinos por gravedad.
La vinificación por gravedad es un método tradicional y sostenible que evita el uso de bombas y mangueras en el proceso, a fin de minimizar el daño en las uvas y preservando así la calidad natural de las uvas. “Hay un tanto por ciento muy pequeño de bodegas que lo hacen”, explica Beatriz Rodero, que señala que desde su empresa entienden que no se puede lograr un buen vino “si no hay buena materia prima”.
“La base siempre ha estado ahí. Carmelo inició esa idea de no utilizar herbicidas, todo con interceptas y nos ha impregnado también esa forma de trabajar”, añade María, que explica que su hermana Beatriz, ahora encargada de la parte técnica, también pone especial énfasis en la viña: “Es lo principal, y por eso hemos apostado por limitar muchísimo las producciones en el campo para tener buena materia prima”.
La viña y el lugar donde se ubica son también clave para Bodegas Carmelo Rodero, dándole especial importancia a cada parcela de forma independiente y trabajando una viticultura “muy concienciada, que refleje un poco la casuística de cada parcela en las botellas”. “Tenemos la suerte de que las 170 hectáreas están dispersas en muchas zonas, parajes y pueblos, y cada una nos da unas características de uva diferentes”, explica Beatriz. Por ello, tratan de destacar siempre la “parte mágica” de cada uno de estos lugares, para sacar lo mejor de esos pueblos. “En el cupaje final se nota esa diversidad de territorios”.
La producción hoy ronda las 950.000 botellas, tal y como explica María Rodero y cerca del 70 por ciento se destina al territorio nacional, aunque sus vinos también viajan fuera de nuestras fronteras, con especial presencia en Latinoamérica y zonas como México o República Dominicana. “Ahora mismo tenemos claro que no queremos crecer en volumen, sino mantener el espíritu de bodega familiar y cuidar los detalles del día a día”, indican las hermanas.
Juntas han logrado dar un relevo generacional a esta bodega, aunando no solo pasión y amor por el vino, sino también responsabilidad y respeto por una tradición viticultora que se remonta a varios años atrás. Aunque no niegan que les encantaría que sus hijos- hoy todavía muy pequeños- continuasen con el legado familiar, prefieren que sean ellos los encargados de elegir este paso. En su momento, su padre les dio la opción de elegir y para ellas fue la decisión “natural” porque pasaron su niñez entre viñedos, vendimias y el aroma de las barricas en la bodega.