PUEBLOS ABANDONADOS
De California a Zamora al rescate de un pueblo
Salto de Castro, en abandono desde los años 90, encuentra en Jason Lee Buckwith un nuevo dueño tras ser comprado por 270.000 euros

El inversor estadounidense Jason Lee Beckwith con el pueblo de Salto de Castro a sus espaldas
Hubo vida, pero ahora hay silencio. Ni siquiera el verde que copa entre un hábitat único a las orillas del río Duero luce con brillo, apagado como si dependiese del gentío cobijado entre su entorno. Pero ya ni se escuchan voces que alboroten a las aves, convertidas en las únicas especies que van y vienen por Salto de Castro, un pequeño pueblo de Zamora abandonado durante varias décadas. Pero si el tiempo es como si se hubiese detenido, ahora los días vuelven a desprenderse en los calendarios tras la inversión realizada por Jason Lee Beckwith, que deja atrás California para devolver los años perdidos a Salto de Castro.
Como uno de los halcones que sobrevuelan Fonfría, el municipio que esconde este paraíso desatendido, una fotografía aérea de Salto de Castro permite sentir la misma parálisis que día tras día sufren sus tierras. Ni rastro de pisadas en sus caminos, como tampoco del desgaste de ruedas en las carreteras que serpentean junto a los Arribes del Duero. Un vistazo a esa gran instantánea también prescinde del retumbar con el choque de las campanas a lo alto de su iglesia, del constante abrir y cerrar de la puerta del bar, o de las gotas que saltaban con los chapuzones en la piscina comunitaria. Porque si todavía continúan en pie estas estructuras, hoy en día se mantienen pie entre la ausencia y el vandalismo.
No son los únicos edificios que aún persisten al paso del tiempo sin nadie que los atienda. Entre ellos, 44 viviendas y una escuela que indicaban que antaño Salto de Castro era un pueblo con vida. Y lo fue desde que fue construido por la antecesora de la que hoy conocemos como Iberdrola: Iberduero, una empresa fundada en Bilbao en 1944 que enfocó su actividad en la producción principalmente hidroeléctrica, ubicándose sus principales aprovechamientos en la cuenca del Duero, donde se desarrollaron y ampliaron diversos de sus proyectos, como ocurrió en Salto de Castro.
Allí, José Orbegozo y Gorostegui, el gran impulsor y artífice de la construcción de esos aprovechamientos hidráulicos, puso la equis en el mapa para comenzar en 1946 la construcción de uno de los primeros saltos de su empresa, el de Castro. Y seis años después, comenzó a producir energía. "Su construcción fue de vital importancia debido a la fuerte crecida de la demanda de energía eléctrica que se produjo en España en esa época", se recoge en el trabajo El archivo histórico de Iberdrola y la industria eléctrica en España.
Sobre el Duero, la presa que se construyó en el límite con Portugal fue el antes y el después de Salto de Castro, levantada muy próxima a la infraestructura para erigir una hilera de viviendas a las familias de los empleados en el mantenimiento de la central hidroeléctrica. Pero con la automatización de la central a finales de los años noventa, las casas quedaron abandonadas.
Si lo tenía todo para ser un paraíso único, la marcha de sus centenares de empleados y familias fue sumiendo al pueblo zamorano en un declive que solo el vandalismo aprovechó. Con total libertad, además, tras también quedar ausente el puesto de la Guardia Civil que custodiaba Salto de Castro. Vía libre para convertir su iglesia en un templo de lleno de grafitis y maderas carcomidas incapaces de cobijar a sus santos, para reducir sus casas a chabolas con puertas rotas y ventanales sin cristales, o para que entre la hierba que antes significaba esperanza brotasen cables arrancados de cuadros eléctricos o partes de tuberías robadas.
Ese "abandono y ruina progresiva" de su patrimonio hizo saltar las alarmas de Hispania Nostra, que incluyó a Salto de Castro en su Lista Roja para hacer visibles todos aquellos bienes en riesgo de desaparición, destrucción o alteración esencial de sus valores.
De venta en venta
Antes de Jason Lee Beckwith, Salto de Castro tuvo varios ‘novios’. La primera de esas relaciones se afianzó con una familia que lo compró a principio de la década de los 2000 a Iberdrola. Dedicada al turismo, también vieron una oportunidad de negocio por sus características, pero sus planes se truncaron con la crisis de 2008, como se informa en el portal inmobiliario Idealista, donde se ofertaba su adquisición antes de que llegase la compra por parte de Beckwith.
Según los anteriores propietarios, la persona que se agenciase el pueblo tendría accesos a subvenciones estatales y por parte de la Junta de Castilla y León. Además, según un estudio previo elaborado por los propietarios, la inversión que necesitaría el pueblo para estar 100% operativo y empezar a ser rentabilizado no superaba los 2 millones de euros.
Si esa información fue publicada por Idealista un 11 de noviembre de 2022, complementada con los distintos servicios y viviendas encajonados en una superficie de 7,8 hectáreas, cinco días después ya encontró respuesta, la de Oscar Torres, un empresario con más 20 años en el sector de construcción que desembolsó 300.000 euros -un 15% por encima del precio de salida- para comprar el pueblo zamorano con el apoyo de un fondo de inversión chileno.
Torres buscaría impulsar Salto de Castro con un proyecto de turismo rural bajo el brazo. Pero con los trámites realizados para formalizar su proyecto arquitectónico de rehabilitación integral, la estrategia empresarial no pudo llevarse a cabo, por lo que Salto de Castro recuperó el cartel de ‘en venta’ a partir de septiembre de 2023 con aumento del precio hasta los 580.000 euros.
Pese a volver al mercado con el doble de su valor, desde Idealista les llegó información sobre inversores de Arabia Saudí, y Estados Unidos, concretamente de un grupo de Miami, que habían puesto sus ojos en Salto de Castro. No obstante, su interés fue más palabrería que hechos reales, por lo que el pueblo zamorano se mantuvo sin propietario durante dos años hasta que Jason Lee Buckwith se encontró con el anuncio navegando por la red desde California.
Que hoy pueda atender a este periódico en un intercambio de mensajes a través de una red social es prácticamente un milagro. Porque la persona que luce con su ‘reino’ a sus espaldas, entre satisfacción y una aparente relajación, se impuso al destino más adverso tras sufrir hasta tres infartos. Su corazón fue el órgano que recibió esos ataques, pero fue su mente el que salió más reforzado de su crítica situación al lograr captar ese "cambio de aires" que su cuerpo necesitaba tras cinco años en la hostelería.
"Durante ese tiempo regenté un Bed and Breakfast cerca de San Diego y se llamaba Villa Bonsall. Lo mantuve con calificaciones de cinco estrellas y luego lo vendí", cuenta Buckwith recién salido de una de sus clases de español.
Tras un "año sabático", él y su mujer decidieron que tenían que encontrar un nuevo negocio. Su primer plan, no obstante, entrañaba un rumbo no muy lejano sin salir de California. "Yo me había enamorado de la hostelería, pero después de tres infartos decidí que era el momento de cambiar a algo que disfrutara más. Pero en California nada me entusiasmó, y junto a mi esposa empezamos a considerar la compra de casas abandonadas en Italia, pero no nos excitaban tampoco", narra.
Ese frágil sentimiento también lo percibió cuando tuvo la posibilidad de adquirir casas cueva en Granada. Pero en ese rastreo web terminó encontrando el anuncio de Salto de Castro, o más bien un artículo "sobre un hermoso pueblo abandonado a lo largo del río en la frontera con Portugal y España". Fue entonces como un flechazo a primera vista, de esos que son como un chute directo de adrenalina y que ayudó a que su debilitado corazón volviese a latir sin miedo a los a las altas frecuencias.
"Me entusiasmó tanto que no podía dejar de hablar de él incluso cuando estábamos mirando a la vez otras propiedades. Mi mujer, en cambio, no estaba tan convencida y me dijo que cogiera un avión para que yo entendiera que era demasiado arriesgada esa compra y que no debíamos hacerla", recuerda el estadounidense.
Dicho y hecho, Beckwith se presentó a los pocos días en Madrid. Sin nervios, sin una pizca de temor en su cuerpo, pero con emoción ante el nuevo reto personal que se podía cruzar en su vida. Allí, en la capital del país, se encontraría con el propietario de Salto de Castro, que le llevaría hasta el pueblo zamorano.
Entre silencio, edificios abandonados e imágenes casi apocalípticas, Beckwith no tuvo que caminar muchos metros por sus senderos y calles para saber que su futuro iba a quedar enlazado a Salto de Castro. "Me cautivó al instante", reconoce ahora, recordando cómo le atrapó su "naturaleza deslumbrante", sin más sonidos que el viento, el agua y los pájaros. "Paz", en definitiva, como él dice.
"Sentí que finalmente había encontrado el paraíso de mis sueños", añade. Pero aún así, un resquicio de dudas nublaban en parte su mente como el aire que se cuela por las pequeñas grietas de los edificios de Salto de Castro. "Pensé que debía ser el músico loco que llevo dentro volviendo a la locura. Así que traje a mi brillante esposa para que comprendiera todo, pero le ocurrió lo mismo: se enamoró de él".
Un proyecto de 7 millones
Y mientras Jason y su mujer se embarcaron en conocer cada detalle de Salto de Castro, más implicados estaban en "reconstruirlo". No pensaban entonces en la kilométrica distancia con su California natal, ni tampoco la cuantiosa inversión que implicaría el proyecto de Beckwith al margen de los casi 272.000 euros que significaban hacerse con su propiedad.
"Fue barato comprarlo, pero será caro arreglarlo", afirma el nuevo propietario y próximo vecino de Salto de Castro. Porque Beckwith no será uno de aquellos inversores ‘a distancia’, sino que será uno más entre su población al tener ya ya decidido que se mudará a la casa que pertenecía al ingeniero del pueblo. Y no solo eso, sino que ya está registrado hasta en su padrón municipal.
Sobre el proyecto, nada del Bed and Breakfast con el que triunfó en California. Beckwith sueña con algo más en grande: construir un complejo turístico. "Las estimaciones oscilan entre 5 y 7 millones de inversión. Tendremos hotel, hostal, apartamentos, iglesia, piscina, pista de frontón, restaurante, un spa, y mucho más. Será algo para todos los presupuestos, desde para una persona hasta una familia entera o, incluso, para retiros corporativos", detalla. Además, Salto de Castro contará con un programa de residencia artística.
De esta forma, vislumbra que en dos años finalice la primera fase, en la que se incluye el restaurante, el edificio de la plaza principal de Salto de Castro, el primer grupo de apartamentos y las áreas recreativas. El resto de los edificios estarán terminados un año o dos después. "Mi trabajo consiste en buscar inversores de todo el mundo y utilizar ese dinero para restaurar el pueblo y crear empleos para la gente de ese territorio. Todas las personas que participan están muy motivadas para que esto suceda y sentimos su apoyo", señala.
En la imaginación de Beckwith se concentra todo su plan. Con los ojos cerrados, ve a los niños jugando, sus risas, a familias completas descubriendo Salto de Castro como aquellos primeros huéspedes de los años 90 que encontraron en su entorno un paraíso totalmente inesperado. "El pueblo es como una máquina del tiempo, porque no lo veo en ruinas como está ahora... Lo veo como era cuando vivían allí las familias, y veo el futuro, cómo volverá a ser. Mi vida ahora está dedicada a restaurar Salto De Castro y ayudar a la gente que lo rodea. Toda mi vida anterior fue una preparación para esta aventura", concluye Beckwith, a los mandos de esa cápsula.