La Loma desvela las prácticas de terror de la Roma de Augusto en Palencia
Investigadores del yacimiento palentino hallan en el asentamiento celta una cabeza decapitada, testimonio del duro asedio romano durante las Guerras Cántabras

Una imagen de los restos hallados
Ocurrió con la república romana ya enterrada, después de que Octavio recibiera del Senado su cognomen de Augusto, en el 27 a.C., convirtiéndose en emperador. Ocurrió en el marco de las Guerras Cántabras, en el asentamiento fortificado que los Camarici –población que Ptolomeo ubicaba en su Geografía en el interior de la Regio Cantabrorum– levantaron en La Loma, en la localidad palentina de Santibáñez de la Peña. Asedio. Muerte. Destrucción. Y un aviso para quienes quisieran cuestionar el poder de Roma.
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El pasado mes de noviembre, el equipo que trabaja en el conocido yacimiento palentino publicaba en las páginas del Journal of Roman Archaeology, en Cambridge University Press, su investigación La calavera humana del asedio a La Loma, en la que exponen sus conclusiones en torno a los restos hallados en 2020, bajo la muralla derruida del oppidum: la cabeza decapitada de un defensor caído hacia el 26 a. C., cuando el propio Octavio Augusto se trasladó a Hispania para acabar con los últimos focos de resistencia, o en los dos años posteriores, en plena campaña de Cayo Antistio Veto. «Un hallazgo único que muestra la brutalidad del conflicto y la resistencia cántabra». Unas monedas en las que aparece Octavio con el título ya de Augusto, acuñadas en la ceca de Calagurris (Calahorra) han ayudado a datar el hallazgo, que «representa la mayor muestra corporal existente de los habitantes de la región» en la antigüedad.
Desde su descubrimiento en 2003 por Miguel Ángel Fraile, las campañas de excavación que se han ido sucediendo en La Loma a lo largo de estos últimos 20 años han generado «uno de los conjuntos de material arqueológico relacionado con la guerra en el mundo romano más importantes descubiertos en las últimas décadas», como defienden Santiago David Domínguez-Solera, Jesús Francisco Torres-Martínez, Silvia Carnicero, Íñigo Olalde, David Reich, Swapan Mallick y Nadin Rohland.
En La Loma se ha documentado la existencia de un campamento principal romano (castra principalis) y varios secundarios (castellum) desde los que proyectaron el asalto a la población celta, que contaba con un foso y un conjunto de murallas, desde la ladera noroeste, donde se recogió la mayor concentración de puntas de flecha. Restos del asalto en el que debió perecer el ‘dueño’ de la calavera, que contaba con unos 45 años al morir, como también los «cientos de proyectiles» hallados o los «fragmentos de equipo defensivo y armas blancas» que «presentaban daños», probablemente «atestiguando combates cuerpo a cuerpo entre cántabros y legionarios romanos».
«Estos restos del asalto se entremezclaron con una capa de cenizas de un incendio posterior. La cima de la colina fue ocupada por un campamento romano temporal; posteriormente, la muralla y otras fortificaciones fueron destruidas y retiradas, inutilizando las defensas. Con esto, los romanos pretendían evitar que los cántabros reocuparan la posición y amenazaran la retaguardia de las legiones cuando continuaban su marcha hacia el norte, al otro lado de la Cordillera Cantábrica. Estas acciones destructivas generaron un volumen significativo de escombros, que sellaron y protegieron la capa de tierra que contenía los restos del combate, fosilizando el momento de la destrucción. Fue entre los escombros de las murallas y en el pavimento del camino de acceso donde se encontró el cráneo humano objeto de este estudio durante la campaña de verano de 2020», detallan en la publicación los investigadores del Instituto Monte Bernorio de Estudios de la Antigüedad del Cantábrico, ‘Ares’ Arqueología y Patrimonio Cultural y ‘Heroica’ Arqueología y Patrimonio Cultural.
¿Quién fue aquel hombre? Pese al grado de fragmentación los investigadores pudieron calcular la edad –por las suturas de la bóveda craneal y por las lecturas de los cromosomas– y averiguar el sexo de la víctima –por la cresta nucal prominente y por otros indicios–. El estudio de su ADN apuntó «a un origen ancestral local en la Península Ibérica». «Este hombre se encuentra dentro del rango genético de las poblaciones de la Edad del Hierro de la Península Ibérica, cerca de otros individuos de áreas cercanas en el norte, como Monte Bernorio y La Hoya», apuntan en las páginas del Journal of Roman Archaeology.
«Según la tafonomía –rama de la paleontología que estudia los procesos post-mortem– del cráneo humano, el individuo al que pertenecía murió tras la conquista del castro, y su cabeza quedó expuesta en lo alto de la muralla mantenida por los romanos durante su ocupación del lugar. Posteriormente, la cabeza cayó junto a la muralla y quedó sepultada entre los escombros que se crearon cuando los romanos destruyeron las fortificaciones y abandonaron su posición allí. Se ha excavado lo suficiente de la entrada a La Loma para descartar la posibilidad de que el esqueleto postcraneal del individuo esté enterrado cerca», subrayan los investigadores, que descartan que el cráneo perteneciese a alguien que pereció antes del asedio, en tanto que no presenta rastro del incendio que arrasó el lugar tras la batalla y que contaba «posiblemente aún con tejido blando zonal cubriendo su superficie, cuando cayó junto al muro al que había estado fijado».
«El cráneo humano debe entenderse en el contexto de las celebraciones de la victoria en la Antigüedad Clásica. El simbolismo del trofeo militar se materializaba no solo en la exhibición de armas tomadas de los enemigos derrotados, sino también en actos de violencia. En contextos romanos, estos actos punitivos pueden haber sido parte de estrategias de intimidación, más que prácticas rituales relacionadas con la victoria o el reconocimiento del coraje de los enemigos como una forma de prestigio guerrero», recuerdan los investigadores antes de citar otras «famosas prácticas romanas» como la crucifixión y el empalamiento.
Un «sangriento gesto» que también se aplicaba contra rivales internos. «La exhibición en Roma y otras ciudades, en la columna rostral, de las cabezas y manos de los enemigos derrotados podría servir como comparación, incluyendo la exhibición de la cabeza y las manos amputadas de Marco Tulio Cicerón, o la cabeza y el anillo de Pompeyo, obsequiados a Julio César por los egipcios que lo asesinaron», añaden.

Un mapa con el emplazamiento de La Loma
Las Guerras Cántabras

Una imagen aérea del yacimiento con los distintos emplazamientos.
Las Guerras Cántabras

Montaje con imágenes del lugar donde aparecieron los restos óseos
Las Guerras Cántabras

Imagen con restos del asedio
Las Guerras Cántabras

Detalle de la columna de Trajano, con unos legionarios exhibiendo ante el emperador las cabezas de los enemigos dacios