Diario de Castilla y León

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HAY días en los que un convecino es motivo de orgullo. El último ejemplo es el caso de Gonzalo, un joven superviviente de la catástrofe de Urda. Dio testimonio de lo vivido en un lenguaje llano al describir que se sintió «como un trapo» al volar de un lado a otro del vagón en el momento del choque. Cuando escapó del tren y quiso ayudar a los demás, el dolor físico le pudo. Asegura que la impotencia por no poder ayudar más no la podrá olvidar. Algunos, en cambio, no olvidaremos su gesto. Sin saber el alcance del propio daño interno, pidió que le trasladasen a un hospital de Madrid para no saturar el más cercano, el de Toledo. No recalcó ninguna escena morbosa y destacó el valor de la gente a su alrededor.

Aquellos de mis vecinos con los que compartí su testimonio dieron su silenciosa aprobación, como si el joven fuera un conocido del que no esperaban menos. Hablo de un tipo de conocimiento sobre alguien que no necesita saber de la vida privada, ni de cuánto dinero tiene en el banco, ni a quién vota, si es que lo hace.

Me gusta pensar que el mejor legado pucelano tiene un punto estoico donde, en momentos fatales, la gente reacciona de manera discreta y efectiva, tratándose como iguales porque la vida ajena tiene algo de la propia. Una visión por encima de las barbaridades, vanidades y banalidades (recuerden la banalidad del mal) que parecen mandar en la brevedad de nuestros días. Por eso, en ese vallisoletano «como un trapo» veo una bandera.

Hay otro vallisoletano concernido en la tragedia de Urda del que sabemos más por razones profesionales. Le conocí como abogado, candidato y alcalde. La última vez que vi a Puente subía con la cartera de Transportes y un familiar en el AVE hacia Madrid, sin ninguna consciencia de peligro. Ahora trabaja de abogado laboralista en defensa de los puestos de la Moncloa. Si no fuera porque sus rasgos faciales son los mismos que antaño, jamás lo reconocería.

Esta semana llena de muerte se llevó a Óscar Soto —quien fuera alcalde de Tudela de Duero durante muchos años— y con el que traté cuando me tocaba informar sobre ese pueblo vallisoletano grande y activo.

Poco antes de fallecer, dejó preparado para su estado de WhatsApp un mensaje póstumo en el que contaba que se iba «tranquilo, rodeado de familia y de amigos», y pedía que se le recordara «en los momentos bonitos» compartidos. Le traté, pero sólo ahora le conozco.

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