Diario de Castilla y León

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Hasta que el miércoles 28 de octubre –8:53 en punto de la mañana y de la historia– nos pasó por encima el AVE en Urda, sembrando el paisaje con 69 muertos, aquí absolutamente nadie ha sido capaz de levantar esa pesadísima losa ni de las víctimas mortales ni de la memoria colectiva de los vivos. Ni siquiera el tirano Sánchez, el artífice de este bloque de hormigón que sepulta a España. Como ejecutor implacable de lo que se entiende como realpolitik, o centro del poder ilimitado, en estos momentos –lunes 2 de noviembre, festividad de los fieles difuntos– asistimos al cierre siniestro de una estética con necrosis. Consecuencia práctica de una política que ha descansado en dos estrategias demoledoras para el estado de derecho: en la impostura continuada, y en un proyecto con raíz emputecida y piramidal.

Todo iba a pedir de boca. Sánchez se había especializado en algo viejo en política, pero que en su boquita de piñón florido aparecía como la begonia milagrosa que libraría a España de su ancestral aburrimiento y deterioro. ¿Cómo? Con las emociones fuertes que anidan en las bajuras de la democracia, y con la firme decisión del oportunista que juega con las ventajas de la mentira permanente como lo hace un proxeneta de oficio. Así que la una y el otro, tan solos, se encontraron. No otra cosa –atracción fatal– han sido los 8 años de tiranía sanchista. De la España constitucional sólo quedan dos vestigios folletinescos: Conde Pumpido al frente de los grandes destinos de la Justicia en última instancia, y Sánchez & Gómez en todas las instancias como cresta indiscutible del Legislativo y del Ejecutivo.

En estas andaban –haciendo sumas y restas con las ventajas que la mentira proporciona al poder– en su momento más agridulce y tenso: cuando la invasión de Ceuta se diluía a favor de los invasores y en contra de los invadidos; cuando la ley de nietos desterraría para siempre –«¡no pasarán!»– la constitucionalidad de un facherío retrógrado; cuando se presentaba a okupas y asaltantes como esa «magnífica gente» de orden; y cuando el Frente Amplio de izquierdas –un nutrido elenco de ladrones y polpistas amnistiados, etarras asesinos, y futuros candidatos por amnistiar o indultar en la pole de salida– parecía que, por lo menos, empatarían en las elecciones del 29–N. Pero se acabó el invento, señores. La hecatombe de Urda se ha llevado por delante el estaribel, y ha herido de muerte al «partido del amor» que presentaron al unísono Sánchez & Puente en su mitin de precampaña en Valladolid el 19 de octubre.

¿Qué ha ocurrido? Lo que tenía que pasar cuando lo insostenible en política se convierte en ladronaje morfológico, y cuando la maldad reiterativa es parte esencial de una gracieta frivolona más insostenible aún. Uno lo ve, lo palpa, y te vas sintiendo más idiota conforme te la clavan desde el Congreso de los Diputados o desde las televisiones públicas. ¿Me estaré equivocando? Me temo que no. Lo que ocurre es que esta vez, salpicados de sangre y de sectarismo montaraz, quieren traficar además con cadáveres, con víctimas, y con todo eso que los tribunales, previamente, han etiquetado como procedimientos propios de «una banda criminal». Estos muertos y esas víctimas son tales ahora mismo porque el sistema mafioso y criminal creado por Sánchez –lo dijo en televisión una de las víctimas– ha colapsado, y responde a lo que es un «ministro de la muerte» dentro de un sistema que ya no garantiza ni su propia seguridad.

Infumable en una democracia. Sólo en la de Sánchez, que es una dictadura familiar a tocateja en la que follar y hacer el amor son demostraciones apodícticas, puede haber un ministro como Puente dedicado a tiempo completo a la caricatura, a la salvajada dialéctica, y a interpretar con rigor lo de la banda sonora de los Wawanco: «De pronto el orangután/ le dijo a la orangutana:/ termina ya tu banana,/ te invito a pasear en liana». Todas las excusas del Ministro de Transportes para no dimitir –el «error humano», el «calvario» que sufre, y su capacidad de guante porque responde a un «proyecto de país»– se las puede meter por el culo, porque no son más que la impostura de un metre que sirve a su señor un desayuno con diamantes, o un jarrón de sangre fresca para sostener la última transfusión de Frankenstein.

Se acabaron los intermediarios y las interlocuciones tontoneras. Aquí absolutamente todo nace y muere en la mente psicópata, criminal y totalitaria de Sánchez. Lo han dicho y demostrado algunos psiquiatras en los medios. ¿Qué son ahora mismo las víctimas de Urda en la mente del tirano de las Españas? La cuenta que se hace Séneca en Fedra con una precisión de cuchillo albaceteño: que «un crimen hay que cubrirlo con otro crimen». Los crímenes de Adamuz, aún sin resolver, son el abono de los de Urda. Subyace la misma intención desalmada y pragmática: no hay conciencia de crimen. Por lo tanto, no son más que subproductos de Halloween, verduras de los olivares, fentanilo gratis. Son la consecuencia dramática de una conquista a sangre y fuego que condena a muerte a los españoles, y que hemos repetido en los medios con una frivolidad pasmosa y como si el hecho no fuera con nosotros: «¿de quién depende la Fiscalía?».

Como no seré uno de los que vote al tirano el 29–N con un cartel en la boca que diga voto por los crímenes de Sánchez y su santísima y begoñera cruzada, tampoco brindaré –esto sí me lo pierdo– con el codo alzado como hacían los hispanos castizos en la Hispania romanizada: «Ave color vini clari»: salud, vino de color claro. Con un bote y con maracas en la puerta del colegio electoral, eso sí, diré lo más propio: que delenda est tyrannía.

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