Beber la muerte con amor
Andaba servidor anárquico y sin ninguna intención más que curiosear entre los montones de libros desordenados… Aprovecho para reivindicar la creación de la “Mesa de fin de libro”. Somos centenares, puede que miles, los que nos vemos imposibilitados para habilitar tanta estantería, pasillo, estancia, nave y trastero donde guardar lo que hasta ahora era un tesoro inédito. Los libros. Aquel librillo de un autor desconocido que solo tenías tú en tu biblioteca y te sentías el librero más afortunado. El más rico. El coleccionista más culto y leído. Hoy, lo escrito se oculta en la pantalla del “octavo arte” a la sombra digital interminable y alargada de internet. Aquellos que con las manos hacíamos gimnasia diaria agarrando los lomos y apilando los libros de consulta. Esos no volveremos. Ni para buscar la portada de Gustavo el de las oscuras golondrinas. Cosa de brujas: un clic y aparece. Otro clic y se lo envías al pariente más lejano en un segundo, aunque esté en Ceuta. O en Melilla. Manda huevos. Con los disgustos continuos y quejas reiterativas de los tuyos -de los míos- por querer preservar, salvar los libros. ¡Ya no sirven para nada!, dicen con sorna, ¡todo está en el móvil! Hasta que venga el apagón, que vendrá. El dios del libro, o la diosa, os castigará a quiénes nos acusáis por seguir defendiendo la trinchera de papel. Vuelvo al inicio tras este lamento con lágrimas de tinta. Resulta que, entre las pilas de libros, apareció una vieja historia de aquellas que me conmovieron en los tiempos del vino nuevo en Castilla y León. De inmediato inicié la rebusca, que en una biblioteca desnortada y ampulosa es seguir la pista de una aguja en un pajar de papeles. Fascinante cometido. Tiré del hilo y apareció en el ovillo un segoviano: Ignacio Sanz. Alfarero que escribe y razona con las manos manchadas de arcilla del barrero de Lastras de Cuéllar. Su aldea. Un tipo al que habría que dedicar un congreso por prolijo y sabio. Escrito y hablado. Se lo leí y se lo escuché. Resumo, apareció en la bodega con rostro triste. En sus manos temblorosas, una botella manchada de polvo y telaraña. Descorchó la reliquia. Nos sirvió a todos un vaso de aquel vino, turbio, pero vino. Y nos contó el cuento de una cata alucinante. Una joven se enamora de un enólogo mayor que ella. Muere ésta. Él no puede resistirlo. Tiempo después, fue al cementerio, desenterró a su amada y la llevó a la bodega subterránea echándola en una de las cubas donde la fermentación se encargó de integrarla. La mejor levadura, dijo. Pasaron los años, las décadas y el buen hombre, más viejo todavía, conservaba las últimas botellas. Murió con el último trago del vino que sabía a la mujer que amó. No hubo preguntas ni comentarios sobre aquel vino turbio que apareció a pie de página.