Diario de Castilla y León
ANA VÁZQUEZ

ANA VÁZQUEZEUROPA PRESS

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La vida de Ana Vázquez es un drama de estercolero. Va puesta de plató televisivo hasta las gafas. Y luego pasa lo que pasa. No distingues la realidad de la tele realidad. Te encaramas al escaño y supones que puedes actuar como una verdulera en uno de esos muchos programas de griterío que parasitan la parrilla. Sacas el bote de gas pimienta (de Padrón) en medio del hemiciclo, sin ser consciente que tu cerebro es un arma de fogueo. Dispuesta a hacer el imbécil sin límites en una berrea inconclusa. Del histrionismo al histerismo hay un paso, y la Vázquez lo recorre a diario. Tan pobre y mísera es su existencia que carece de vida propia. Por eso se ha tenido que alojar en un personaje que cree que los niños en Ceuta van esnifados de gas pimienta al colegio por si se les cruza el moro y hay que salir aspirando. No sabemos cuál es la vocación de la Vázquez más allá de ridiculizarse en director a golpe de mentira cochina. La última vez que dijo una verdad se le cayó un brazo, y tiente tres. Su carencia de escrúpulos la conduce a conseguir incriminar a uno de esos lacayos que tienen los políticos a sueldo (público) en los parlamentos, dispuestos a arrojarse por el terraplén del código penal con tal de asirse a los billetes fáciles. No se le ocurre al incompetente de la incompetente otra cosa que gasear la sede de la de la soberanía popular. ¿Qué podía salir mal? Lo peor de todo no es el ridículo expresado en conexión directa por la Vázquez. De lo suyo gasta. Lo peor es que ha hecho partícipe a toda su bancada, con excepción de Feijóo, que se olió que algo no estaba bien. La portavoz, Ester Muñoz, dio brinco en el asiento para ovacionar la salida de la Vázquez, en vez de fijarse en su jefe, impasible el ademán. A la Vázquez se le podía haber ocurrido decir que era un bote de espuma de Gillete para higiene personal y hubiera evitado el afeitado en seco. Si el PP fuera un partido como dios manda, esta macarra tóxica no volvía a pisar la política es su patética vida. ¡Vaya calaña!

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