Diario de Castilla y León

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Cada verano España vuelve a contemplar el mismo espectáculo de humo y aflicción, como si la desgracia tuviera calendario y el país, por cansancio o por costumbre, aceptara que la escena se repita con una puntualidad casi litúrgica. Arde el monte, se llenan de humo los informativos, comparecen las autoridades, se anuncian medios, se multiplican las declaraciones graves y, durante unos días, el incendio ocupa el centro de la conversación pública con la autoridad que da lo irreversible. Luego llega la lluvia, baja la temperatura, el asunto se retira de la portada y todo vuelve a ese territorio moral tan nuestro donde lo urgente desplaza a lo importante con una facilidad humillante. Mas el incendio, erre que erre, no empieza cuando se ve la llama; comienza mucho antes, en la desatención, en la maleza que no se limpia, en el presupuesto que se aplazó, en la convicción cómoda de que el fuego siempre le tocará al vecino.

Con la computación cuántica sucede algo parecido. No porque haya humo en el horizonte, sino porque ya hay calor, y bastante. La diferencia es que aquí no hablamos de pinares, sino de ventajas competitivas, de ciberseguridad, de simulación científica, de materiales, de logística, de fármacos y de riesgo financiero. Este incendio no se mide en hectáreas sino en capacidades, en poder económico y en seguridad estratégica. Durante años hemos tratado esta cuestión como una refinada conversación para físicos, consultores y directivos con vocación de modernidad, una de esas materias que se citan con respeto, pero se archivan con alivio. Ya no estamos ahí. El momento en que la computación cuántica deje de ser una promesa y empiece a actuar como fuerza real sobre sectores concretos se acerca con una tsunámica serenidad casi ofensiva. Y lo inquietante no es solo que llegue, sino que vaya a llegar mientras una parte importante de nuestras empresas y universidades sigue mirando la escena como quien observa un incendio desde la otra ladera y confía, con una inocencia tan pueril como imprudente, en que el viento nunca cambie.

Durante años, la computación cuántica ha sido tratada como esas tecnologías que siempre parecen estar a punto de llegar, pero nunca arriban del todo. Una curiosidad de laboratorio, una promesa galana, una conversación para congresos donde la gente asiente con educación mientras piensa en el correo pendiente. Ese tiempo ha terminado. La cuestión ya no es si habrá impacto, sino en qué momento y sobre qué sectores caerá primero. Hay quien lo llama Q-Day, como si la realidad necesitara una sigla para hacerse respetar. En el fondo, la idea es tan sencilla como incómoda: se presentará un momento en que ciertos problemas dejarán de poder resolverse con la informática clásica a un coste razonable, y entonces quienes no hayan hecho el trabajo previo descubrirán que el retraso no era prudencia, sino miopía con buena prensa.

Hablando sin ambages: la preparación cuántica no es una opción estética ni un gesto de curiosidad ilustrada. Es una obligación estratégica imperativa. Sin embargo, en demasiados consejos de administración, la cuántica se menciona con la misma mezcla de respeto y distancia con la que se habla de la meteorología en Marte. El lenguaje corporativo suele suavizar estas cosas con expresiones tan educadas como vacías: «seguimiento», «observación del mercado», «análisis de oportunidades emergentes». Son fórmulas sutiles para demorar decisiones sin parecer inmóviles. Mas la realidad no se deja impresionar por el vocabulario. La computación cuántica no espera a que el comité de innovación encuentre hueco en la agenda ni a que la universidad redacte una memoria más convincente o incluya una nueva asignatura optativa. Avanza porque responde a límites físicos y económicos que la informática clásica ya no puede seguir ignorando indefinidamente. La máquina que nos ha servido hasta ahora empieza a quedarse corta. Y cuando una herramienta deja de escalar, la empresa que depende de ella empieza a parecer más pequeña de lo que creía. Es el llamado «muro clásico», una expresión que no es un eslogan; es un techo. Y los techos, cuando bajan, no discuten con nadie.

Conviene decirlo con claridad porque a menudo se disfraza de escepticismo lo que no es más que comodidad. La computación cuántica no es una moda, ni una extravagancia académica, ni una superstición para directivos con afán de modernidad. Es una respuesta técnica a una limitación técnica. El problema es que las respuestas técnicas exigen trabajo, y el trabajo no suele gustar cuando rompe el calendario habitual. Los equipos directivos prefieren, en general, las soluciones con presentación corta, titular amable, color pastel y efecto reputacional rápido. La cuántica no promete eso. Promete algo mucho menos vistoso y mucho más valioso: capacidad futura. Pero la capacidad futura no se compra con una nota de prensa. Se construye con estrategia, formación, alianzas y disciplina. Es una receta poco glamurosa, que por eso mismo es seria.

En demasiados consejos de administración del Ibex-35 persiste una tranquilidad que sería admirable si no fuera tan onerosa. Se sigue tratando la cuántica como si perteneciera al mismo género que ciertas grandes promesas tecnológicas que la historia acabó dejando en el cajón de las expectativas exageradas. Hay informes, sí. Hay sesiones de sensibilización, también. Hay palabras prudentes, incluso abundantes. Pero la prudencia, cuando no desemboca en acción, se convierte en una forma refinada de demora. Y la demora, en este caso, tiene un precio exacto. Quien espere a reaccionar cuando el mercado ya haya fijado nuevas reglas no se encontrará ante una simple dificultad de adaptación; se encontrará ante la pérdida de la ventaja, que es una forma más sofisticada de decir pérdida de poder. La ironía es amarga porque no se trata de falta de recursos. El Ibex-35 no es precisamente un grupo de vecinos que intenta apagar un fuego con una manguera de jardín. Aunque dotadas de recursos suficientes para prepararse, esas empresas se comportan como si la magnitud del presupuesto pudiera sustituir a la claridad de visión. No puede. Nunca pudo.

Hay una tentación muy extendida, casi burocrática, de pensar que toda respuesta tecnológica se resuelve comprando una solución externa. Ese impulso funciona con relativa eficacia en ámbitos maduros, pero fracasa cuando lo que está en juego no es un software más, sino una nueva manera de pensar el cálculo, la optimización y la simulación. La computación cuántica no se adopta como se instala una herramienta de oficina. Exige reaprender problemas, reformularlos y distinguir con precisión dónde puede producir valor real y dónde solo servirá para inflar presentaciones. Su utilidad no vendrá de la magia, sino de la disciplina. Y esa disciplina empieza por algo muy poco fotogénico: identificar casos de uso, formar equipos, ensayar pilotos, corregir errores, reescribir procesos, rediseñar modelos, identificar qué partes del negocio son cuántico-nativas y cuáles no, y decidir dónde merece la pena construir capacidades internas que no dependan por completo del proveedor de turno. Quien espere a que le vendan el futuro empaquetado probablemente acabará comprando también la excusa, comprando tarde lo que debió haber comprendido antes. Basta con haber visto un incendio rural una sola vez: cuando el frente entra, ya no se discute si el monte estaba seco. Se discute quién no hizo el trabajo cuando aún había tiempo.

La siguiente cuestión es inevitable: si la preparación no consiste en comprar una tecnología ni en decorar una estrategia, ¿dónde se crea la ventaja? La respuesta no está solo en la máquina, sino en la organización que aprende a hacerle las preguntas adecuadas.

Enrique López González es Catedrático de Economía Financiera y Contabilidad de la Universidad de León y Académico Numerario de la RACEF

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