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Con puntualidad inglesa estalló el jueves el último escándalo sanchunero. El ex jefe del gabinete de Sánchez, Juan Manuel Serrano, fundó con Leire Díez la cloaca del PSOE para laminar in situ al resto de cloacas políticas, judiciales, policiales, financieras, narco traficantes, y de puterío en general para almejas y pinganillos evaporantes. Lo sabíamos, pero no había documentación acreditativa. Ahora tenemos 10.842 Whats sobre la mesa. Todo el mundo da por hecho que el Partido de los 140 años de honradez –y al que yo voté de joven con gilipollez morbosa– va a ser imputado por pertenencia a banda criminal. ¿Cuándo? El orbe de Sánchez es oficialmente una inmensa cloaca donde el robo y el crimen imperan.

Lo dice hasta el Presidente de la Conferencia Episcopal de un modo tan directo que conmueve a las almas y revuelve a los políticos: «cuando un Estado olvida la ética, se convierte en una banda de ladrones, y a las pruebas me remito». Con sus matices, San Agustín dijo lo mismo en La ciudad de Dios: «Sin la justicia, ¿qué son los reinos sino una partida de ladrones?». Consulté el embolado a mi psicólogo, y me recomendó la relectura de Tito Andrónico de Shakespeare. Comprobé dos cosas: Una, que no anda tan descaminado monseñor Argüello. Y dos, que Tito Andrónico y Tito Sánchez son primos hermanos, pues forman parte de la misma filfa y maldad supremas, que acaba como todas las tiranías: en el sangriento «festín de los centauros».

Al repasarlo, el horror del drama –antes que Shakespeare, Miguel Angel inmortalizó la barbarie en su famoso relieve La batalla de los centauros– se me atragantó. Lógico. Es la obra menos leída del genio que todos quieren olvidar, y dejarla en el retrete como un subproducto del gargajo y de la ignominia humana. Aquí, el crimen, el engaño, la traición, la mentira, la venganza, la violencia, el sexo en bandeja, y la política más rastrera y canallesca, llegan al summum de la degradación con una crueldad, bastedad, y salvajismo indómito. Acierta mi psicólogo. Desde el primer al último acto –en los que Tito Andrónico al final destroza y cocina realmente a todos sus enemigos en una antropofagia dantesca– son el preludio, en versión moderna, del Manual de resistencia de Tito Sánchez.

Vean y comparen si no. Todo empieza con una elección fraudulenta: la del emperador Saturnino frente a la de Tito Andrónico, general romano y vencedor de los godos. El uno exige sus «derechos sucesorios», y el otro alerta: «no consintáis que la tiranía se apodere del trono». ¿Cómo empezó Sánchez su asalto al poder? Con unas fraudulentas elecciones primarias, que descolocaron al PSOE, y dejaron en manos del corruptor Tito Sánchez la construcción de un nuevo relato. Consumado el pillaje, la opinión del Partido y la de los electores no pintan nada porque el voto es la víctima colateral de un compadreo pactado: «sé generoso conmigo como yo soy confiado y generoso contigo», dice Saturnino, y ganó. Argumento que repite Tito Sánchez en todas sus elecciones, y también gana.

A partir de este pacto delirante, los caminos convergentes de Tito Andrónico y de Tito Sánchez –con leves retoques de modernidad bolivariana– corren patéticamente en paralelo. Primero aparece la ambición desmedida que pondrá en tela de juicio la igualdad, la verdad, la justicia, la biología, y el calentamiento climático. Para Andrónico, la verdad reside en los muñones de su hija Lavinia que, además, le habían amputado la lengua para que no hablara. Democracia por señas. Para Sánchez, ni eso. La verdad en el sanchismo no existe porque él es la tierra prometida en planísima heredad, y esta verdad se calibra por la cuota que pagan los consumidores del sexo en las 17 saunas de su suegro, o en la ventanilla de Hacienda. Para él seríamos menos que putas en ejercicio.

Eliminadas las barreras de la contención ética y moral, ya nada vale, lo diga el Presidente de los obispos o los 126 imputados de su partido en un concierto de piano y orquesta. No los conoce. A partir de aquí, la vida para Andrónico es un asalto permanente a la dignidad del hombre, la barra libre de una banda criminal que vive del latrocinio, del crimen, y de la venganza. En el origen del meollo está Tamora, la begonia del emperador, que deja a lady Macbeth en transparencias. Andrónico la llama «ramera» por estar «dotada de un excelente don para poner cuernos» y por perder el virgo con «un bárbaro moro más negro que un cuervo». Para Tito Sánchez todo esto son minucias, pues su Begoña es más que un presupuesto general: es el esplendor de la democracia en un software con libido.

Hay dos elementos estremecedores y concluyentes que comparten ambos Titos. Los dos quieren liquidar a sus enemigos del modo que sea. Andrónico se los carga a todos en una fastuosa cena –«el festín de los centauros»–, en la que hace de cocinero, los descuartiza y los sirve con parsimonia: «Trituraré vuestros huesos hasta hacerlos harina y, con esto y vuestra sangre, haré pasta de hojaldre». Todos se lo comen y todos fenecen. Tito Sánchez es más melindres y cobarde. Sus socios terroristas, ladrones, y puteros cocainómanos, le hacen la faena. Él lo legaliza con un real decreto firmado por el Rey. La segunda novedad común y vandálica, la aporta Aarón, el bigardo de Tamora, antes de ser liquidado: «Quisiera cometer, si pudiera, mil delitos peores». Los titos son implacables: maldad en estado puro.

¿Qué podemos hacer los que pagamos el banquete de Tito Sánchez con opción a la Medalla al Mérito en el Trabajo con beneficio económico? Como ser imputado es un derecho teológico en el sanchismo totalitario, ejerzamos el derecho al pataleo: delenda est tyrannia.