Diario de Castilla y León

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Debe ser emocionante haber contribuido a que unos jóvenes veinteañeros dejen atrás el cascarón familiar y echen a andar en la vida real provistos de una educación superior y una socialización de mundo adulto tras su paso por los estudios universitarios. Esa magia la logran cada curso las universidades que tienen sus raíces en la Comunidad y que acaban de egresar a una nueva camada de cachorros que abandonan la manada en pos de sus propios territorios. La mayoría de los alumnos de nuestra tierra supera sus estudios sin demasiados dramas, instalados en la seguridad que gozamos en este país que, pese a los sobresaltos de la corrupción y otros fenómenos incontrolables, nos permite a todos desarrollar en paz nuestra aventura vital. Sin embargo, entre los universitarios que pululan por los campus burgaleses se han incorporado desde hace algunos años un grupo de alumnos a los que la Universidad de Burgos ha acogido procedentes de países en conflicto a través del programa UBU Refugio que ayer nos presento a algunos de estos meritorios estudiantes a los que la vida les partió la juventud por culpa de los conflictos bélicos. La UBU dio la palabra ayer a varias jóvenes, la mayoría ucranianas, que narraron cómo la guerra les sumió en la mayor de las incertidumbres personales, cómo temieron ver su vida truncada y, sin embargo, han podido culminar sus estudios en la UBU, una vez acogidos en Burgos. Ese es el concepto clave, acogimiento, porque desde a universidad se ha acompañado a estas alumnas, la mayoría mujeres para cubrir todas sus neesidades, para enseñarles el idioma y refugiarlas en familias y en un ambiente en el que han podido madurar y formarse, lejos del conflicto armado. Hay que aplaudir ese esfuerzo de estudiar en otra lengua, adaptarse a otro sistema universitario y rendir en clase mientras la guerra sigue ocupando una parte de la memoria. Para este alumnado, su paso por la UBU no es una simple historia de superación. Pocas iniciativas tienen más valor hoy en día que volarse de esa manera con unos jóvenes a los que se les ha devuelto el tesoro de la juventud, convenientemente regado con fertilizante de la formación académica. No hay que olvidar a empresas, instituciones y familias cuyo respaldo facilita la magia que realiza esta iniciativa. Sin esa red, muchas de estas trayectorias se habrían quedado a medio camino. La ciudad y la universidad también ganan con su presencia y es de justicia reconocer su compromiso que redunda en toda la sociedad porque una comunidad como la que compartimos también se mide por la forma en que trata a quienes acuden a nuestra tierra en desventaja y por la capacidad de convertir la acogida en futuro.

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