Diario de Castilla y León

Creado:

Actualizado:

¡Ay!, Villalar. Y un año más mi decepción que no encuentra la razón sagrada que buscaba Horacio en la poesía heroica. Mi pesar de años sigue ahí. Lo compartí el jueves con algunos amigos en esta jaiquilla impresionista de trazo y verso: «Hoy la amapola comunera/ sobre un azul celeste,/ ilustra un paisaje nostálgico». Me contestó desde Granada mi primo, Antonio Carvajal, de esta manera tras enviarme su parte médico alentador: «Llegó el conde de Tendilla/ con españoles moriscos/ y le dio a Carlos Castilla». Impresión histórica. El resto son disquisiciones, estados de ánimo, personalismo tesoneros, o amapolazos poéticos como el mío.

Mi frustración persistente, porque la fiesta de Villalar sigue anclada en la entelequia romanticona que se impuso en el XIX: la debacle de los comuneros, que no tenían nada de comunistas, frente a un príncipe heredero que ambicionaba ser emperador en Europa y en América. Ganó el joven, porque su madre, la reina doña Juana I –de loca nada–, dio un real portazo a los comuneros en Tordesillas.

Con la instauración de las autonomías, que troceó a Castilla y León para que jamás levantara cabeza, la derrota de Villalar es el resumen histórico de un fiasco conflictivo e irreconciliable. La izquierda española, vindicativa y guerra civilista, ha ideologizado el levantamiento de unos señores de la guerra –¿no fueron eso los comuneros?– frente a una derecha que tiene de imperialista lo que Padilla, Bravo y Maldonado de pre comunistas. Lo demostró el jueves en Villalar, una vez más, esa izquierda radical que está fuera de las Cortes, homenajeando al Embajador de la «muy heroica» y sangrienta dictadura comunista de Cuba. Ay, Villalar, qué lejos de la comunidad del común, y qué cerca del desencanto.

Article Sidebar no está publicado pulse para editar

tracking