TIERRA ADENTRO
Música ratonera santa
Madre ya no está para mucha orquesta y, sin embargo, a su centenaria memoria acude la razón siempre que venga de la mano de una canción. Algo tiene la música. Ella, en tiempos, denominaba al ruido en general, y al infantil en particular, con una nombre tan rotundo como jocoso: “música ratonera”. Y esa fue mi exclamación cuando me disponía a cerrar la ventana por el ruido. Pasaba la procesión. Y me acordé de los ratones, pero me detuve. Escuché con atención. Pues va a ser que la música de Semana Santa me está convenciendo. Fascinando más bien. Es como sacar a Bach a la calle. Los acordes de esa música sacra me transportan a un funeral de Estado o a la apertura de la ópera. O a la sintonía de una de esas producciones cinematográficas legendarias, preludio de una cinta de las grandes guerras. Ahí estamos todavía. En guerra. Lo de “cinta” es “película” en lengua de la edad tercera. Recupero el paso y el tono. Haced la prueba. Dejad solo la imagen en la tele y mandad a Adolfo que detenga la imagen en el cine Paradiso. Ese que se nos cerró a todos. Probad y comenzad la peli con música de Semana Santa… ¿A que sí? Pues eso, que no todo es desfile procesional, madera dolorida y capirote Y esto viene a que me pasa lo que a muchos paisanos que viven en localidades “semanasanteras”. Que se te cuela en casa la procesión y se escucha tan nítida la banda que parece que está desfilando en el pasillo de casa. ¿O no? O sea, tratándose de España toda la semanal santería, mis colegas de la ocho de León lo llaman Santa Semana, irrumpe palmo a palmo en la ibérica península. Llámese como se llame lo cierto es que ese silencioso murmullo, a la luz de las velas, con ese paso bamboleante y esas vírgenes dolientes y esos cristos hechos un Cristo, inundan todas las poblaciones. Todas. Si alguien o algo está pensando en rebajar el sonido de los tambores y las trompetas y dar tijera al capirote, que se olvide. Me van a sacar cantares de tanto Cristo en las últimas columnas. Pero ¿de qué escribir si no es del pueblo? Ese que va detrás de la procesión, despacito y sin hablar, como inducido por las vibrantes partituras que rompen la noche del silencio. Nunca asistiremos a tan impresionante poder de convocatoria. Claro que siempre está el avispado de guardia que te espeta: “La gente que va las procesiones no cree en Dios”. Pues claro hombre. Ahí está el valor y el éxito. En el gancho respetuoso a una conducta cristiana que recrea la pasión de un tal Jesús, al que llaman nazareno. La Semana Santa engancha a “los enganchados”, que no conocen más que la suya porque cada año, el mismo día y a la misma hora, procesionan todos a una y con la misma sintonía en El Barraco, en Bercianos de Aliste y en Ágreda. Y así hasta unas mil seiscientas poblaciones con sus procesiones.