TIERRA ADENTRO
Hablemos del petróleo
MÁS de uno estará pensando que a un servidor se le ha ido la cabeza con el asunto de la guerra. Imposible, ya lo noto en casa. Un mundo incierto del que, me da la impresión, ni los más duchos en el análisis político de la movida internacional de los geocarburos tienen claro lo que está ocurriendo. Quién gana. Quién pierde. Ya no sé cómo está el precio de un litro de gasolina. Y cada mañana mirando a Ormuz. De ahí, el petróleo de hoy. Pero el nuestro.
Mi generación sabe bien lo del petróleo con solo mencionar Burgos, La Bureba –hoy Geoparque de las Loras– los pueblos de Ayoluengo y Sargentes de la Lora. Aquella noticia que encandiló a nuestros abuelos y a muchos burebanos que, de la noche a la mañana, se veían ricos como los de Texas y pensaban que el descubrimiento del petróleo iba a ser la solución económica para su pueblo. Qué digo, para toda la provincia.
El caso es que como tantas cosas, hechos, lugares y acontecimientos que ocurren en esta región, lo del petróleo apenas trascendía al conjunto del común. Qué curioso. La generación de mis padres –ya vivieran en Ponferrada, en Arenas de San Pedro, en Cuéllar o en Almazán– sí sabía que en un lugar de la Bureba había petróleo. Con sus balancines y su refinería y, en consecuencia, sus barriles diarios.
Me aparto un poco del crudo y aprovecho la ocasión para trasladar esta cuestión a las generaciones actuales. ¿Saben algo del petróleo? Los profesores y los docentes, tan defensores desde el propio sistema de lo medioambiental, ¿conocen que hay un lugar en la provincia de Burgos, en el corazón de Las Loras, rodeado de monumentos megalíticos, donde un pequeño museo abre las páginas del conocimiento a todo lo que tiene que ver con este combustible, su extracción y la actividad de un campo petrolífero?
Y es curioso que por culpa del petróleo mueran tantos. Y siguen. Pero esta es otra tragedia de la que responderá algún día la humanidad y sus sistemas. Hoy solo quiero recordar a aquellas familias de Ayoluengo que posan en las fotos en blanco y negro por ser las de los primeros trabajadores de la empresa del crudo que podemos ver en el museo de Sargentes de la Lora que acaba de abrir de nuevo sus puertas.
Y es que estos burebanos de las Loras están acostumbrados a que les abran y les cierren la puerta. Por orden gubernamental enmudecieron los caballitos y su monótona y bucólica sintonía del toc toc de los balancines. Silencio para siempre. Pero el museo cumple su cometido: evitar el olvido y ampliar el conocimiento a los visitantes. Y a ver si tienen narices los ganadores de las elecciones de volver a abrir el campo petrolífero de La Bureba. Me da que no. Yo, por cabrear a la ministra y mosquear a Trump, lo que sea.